Cristo es el único Camino Juan 14:6

jueves, 10 de noviembre de 2011

Libro la Peregrina: Capítulos 1-5



JUAN BUNYAN
LA PEREGRINA
Viaje de Cristiana y sus hijos a la Ciudad Celestial bajo el símil de un sueño
SEGUNDA PARTE DE «EL PEREGRINO»
CAPÍTULOS 1-5


PROLOGO DE LA SEGUNDA PARTE DE «EL PEREGRINO»
Ve, Libro mío, dondequiera que haya
Mi primer Peregrino penetrado;
Llama á todas las puertas; si preguntan
¿Quién es? Di que es Cristiana, sin reparo.
Entra, si lo permiten, con tus hijos,
Y diles quiénes son, de do han llegado.
Quizás ya por sus nombres ó sus rostros
Los hayan conocido; más si acaso No saben quiénes son, pregunta entonces

Si pasó por sus casas un Cristiano. Si te dicen que sí, que complacidos
Le vieron á la gloria caminando,
Sepan ahora que su esposa é hijos
Buscan el cielo por los mismos pasos.
Diles que, por hacerse peregrinos, Ciudad y hogar con decisión dejaron;
Que han tenido amarguras, privaciones; Que sufrieron sus pruebas y trabajos;
Que han sostenido luchas con demonios

Y vencieron difíciles obstáculos.
Diles de aquellos otros, que el camino
Valerosos y fieles terminaron,
Porque buscaban, con desprecio al mundo,
La voluntad de Dios llevar á cabo.
Diles también las cosas agradables
Con que son sus disgustos compensados,
Y sepan que los tiene el Rey del cielo
Bajo su amor y paternal amparo.
Cuan hermosas mansiones les prepara,
Mientras con vientos y olas van luchando;
Cuan dulce calma gozarán por siempre,
Si fueron fieles hasta el fin del tránsito.
Quizás, oh Libro mío, te reciban, Como al primero, con cordial abrazo,

Y gozosos te den la bienvenida,
Su amor á los viadores demostrando.
OBJECIÓN I
¿Y si no me creyeran que soy tuyo? ¿Y si piensan tal vez que los engaño?
Es posible que un libro se presente Cual Peregrino, su apariencia usando,
Y por el nombre y el disfraz consiga Penetrar en las casas de unos cuantos.
RESPUESTA
Falsificar mi Peregrino, es cierto;
Hace ya mucho, pretendieron varios,
Con mi nombre y mi título en sus libros;
Mas éstos, por su estilo y por sus rasgos,
Pronto dan á entender que no son míos,
Sino de autores que usan nombres falsos.
Si hallas quien tal objete, tu recurso Es decir lo que dices, pues es claro

Que ahora nadie emplea tu lenguaje, Ni fácilmente logrará imitarlo.
Si, con todo, persisten en la duda,
Creyendo que marcháis como gitanos,
Para engañar y corromper á muchos,
Por dondequiera que vayáis pasando
Llamadme sin tardar, yo testifico Que sois mis Peregrinos sin engaño.
OBJECIÓN II
¿Y si quizás pregunto á los que quieren
Ver á mi Peregrino condenado,
Ó al oír mi pregunta se enfurece
Los de la casa en cuya puerta llamo?
RESPUESTA
No temas, Libro mío, esos fantasmas:
Nada son, no te den temores vanos.
Tierra y mares cruzó mi Peregrino,
Y no supe que fuese rechazado
En reino alguno, fuera pobre ó rico,
Ni en desprecio las puertas le cerraron.
En Francia y Flandes, donde están en guerra, Entró como un amigo y un hermano.
En Holanda también, según me dicen, Por muchos, más que el oro es apreciado.
Serranos é irlandeses convinieron En recibirlo con cordial aplauso.
En América está tan acogido
Y le miran allí con tal agrado,
Que lo empastan, lo pintan y embellecen.
Por aumentar su conocido encanto.
En fin, que por doquiera se presente,
Miles hablan y cantan alabándolo.
Si es en su patria, no sufrió mí Libro
Vergüenza ni temor en ningún lado.
¡Bienvenido!, le dicen, y lo leen
En la ciudad lo mismo que en el campo.
No pueden reprimir una sonrisa
Los que lo ven vender ó ser llevado.
Los jóvenes lo abrazan y lo estiman
Más que otras obras de mayor tamaño,
Y dicen de él con júbilo: Más vale

La pata de mi alondra que un milano.
Las señoritas y las damas, todas Le muestran por igual su beneplácito,
Y ocupa siempre preferente sitio
En bolsos, corazones y en armarios;
Porque á sus almas lleva sus enigmas
Con tal provecho en saludables párrafos,
Que compensa la pena de leerlo,
Y más que el oro saben apreciarlo.
Hasta los chicos que andan por la calle, Al encontrar mi Peregrino al paso, Le saludan y alegres le despiden,
Diciendo que es el mozo más simpático.
También le admiran los que no le vieron, Porque han sabido de sus hechos algo,

Y lo quieren tener, porque les haga
De curiosos sucesos el relato.
Los que no lo estimaban al principio, Teniéndole por simple ó insensato, Por conocerle ya, lo recomiendan, Y á los suyos lo envían de regalo.
Así, no temas, mi Segunda Parte;
Alza tu frente, nadie te hará daño;
Los que tienen amor á la Primera
Te acogerán con gozo y entusiasmo,
Por las cosas que das, útiles, buenas,
A pobres, ricos, jóvenes y ancianos.
OBJECIÓN III
Mas algunos dirán: Ríe tan fuerte, Envuelve su cabeza en tal nublado,

Y  son sus narraciones tan oscuras,
Que no sabemos cómo interpretarlo.
RESPUESTA
Puedo pensar que risas y clamores
Se advierten en sus ojos al mirarlos.
Cosas que, al parecer, mueven la risa,
Un agudo dolor van ocultando.
Jacob, viendo á Raquel con sus ovejas,
Besóla, y á la vez vertía llanto.
Dicen que hay una nube en su cabeza: La ciencia así se cubre con su manto,
Y  estimula la mente á que descubra

Lo que se puede hallar, investigándolo. Lo que parece envuelto en frase oscura
Mueve la inteligencia del cristiano, Para que estudie y saque el contenido De lo que encierran nebulosos párrafos
Yo sé también que símiles oscuros No serán comprendidos sin trabajo, Pero en el alma quedarán impresos Más fácilmente que si fueran claros.
Así, pues, Libro mío, ve adelante,
No pierdas ni decaiga tu buen ánimo;
No hallarás enemigos, sino amigos,
Que á los viadores abrirán los brazos.
Lo que mi Peregrino deja oculto,
Tu vas, mi Peregrina, á revelarlo.
Dulce Cristiana, tú abrirás con llave
Lo que dejó en encierro mi Cristiano.
OBJECIÓN IV
Mas algunos desprecian, como al polvo,
El método que vienes empleando.
Si me encuentro á los tales, ¿qué les digo?
¿Debo, cual me desprecian, despreciarlos?
RESPUESTA
Cristiana mía, si á los tales hallas,
Has de mostrarles el amor más santo;
No les pagues desprecio por desprecio,
Dales sonrisa de su ceño en cambio.
Tal vez su condición ó un mal informe,
A obrar así contigo le impulsaron.
Personas hallarás en todas partes
que tienen, en verdad, gustos bien raros;
Ni á sus mismos parientes los estiman.
Y menosprecian los mejores platos.
Déjalos, mi Cristiana, á su albedrío;
Otros se alegrarán de haberte hallado.
No contiendas jamás; humildemente
De peregrina mostrarás los hábitos.
Ve, pues, Librito mío; muestra á todos
Los que te tiendan cariñosa mano, Las buenas cosas, escondidas á otros,
Y ojala tus verdades puedan tanto Que hagan de tus lectores peregrinos Mejores que tú y yo, cual deseamos.

Ve á decir á los hombres quién tú eres.
Diles: Yo soy Cristiana, y ahora trato
De mostrar, con mis hijos, cómo se anda
El camino del cielo sin desmayo.
Ve á decirles también qué son y quiénes
Los que contigo van peregrinando.
Diles: Misericordia es esta amiga
De quien hace ya tiempo me acompaño.
Viendo su rostro distinguir podréis
La diferencia entre viador y vago.
Aprendan, sí, las jóvenes en ella
A estimar las riquezas de lo alto.
Las doncellas que van en pos de Cristo,
Mundanales amores despreciando,
Él las defenderá como á los niños
Que en el Templo con vivas le aclamaron.
Habla después de Integridad el viejo,
Fiel peregrino de cabellos blancos;
Di que su cruz llevaba en pos de Cristo,

Y     era un hombre sencillo en alto grado.
Quizás con este ejemplo se estimulen
Á seguir á Jesús otros ancianos.
Di cómo Receloso caminaba,
Los días en que estuvo solitario
Con temores, suspiros y lamentos,
Y al fin ganó la palma de los salvos.
Era buen hombre, aunque abatido siempre,
Y á los cielos llegó perseverando.
Diles de Flaca-Mente cómo andaba, Nunca delante, siempre rezagado; Cómo por poco muere, si no llega Pronto Gran Corazón á rescatarlo. Era fiel, aunque débil en la gracia, Más tenía en su faz el sello santo.
De Pronto-á-Cojear cuenta la historia.
Este, con sus muletas, no era malo.
Apenas se encontró con Flaca-Mente,
Se pusieron de acuerdo y se estimaron.
A veces uno canta y otro baila,

Y los dos se completan, aunque flacos-
No olvides las hazañas de Valiente,
Dignas de admiración en un muchacho;
Describe su bravura, su destreza.
Nadie tuvo valor para retarlo.

Él y Gran-Corazón dieron la muerte
A Desesperación, con él luchando,
Y vencido el gigante, en seguida
El Fuerte de la Duda derribaron.
No dejes de nombrar á Desaliento;
Saca á Mucho-Temor en tu relato,
Para mostrar que sin razón temían,
Pues no estaban de Dios abandonados.
Con marcha lenta, pero firme, fueron
Hasta el fin, y el Señor les dio su abrazo.
Al terminar tu historia, Libro mío,
Pulsa las cuerdas cuyos sones gratos
Hacen bailar al cojo, y al gigante Hacen temblar con pavoroso espanto.
Los enigmas ocultos en tu seno Proponlos, y que queden explicados,
Y  el resto de tus líneas misteriosas Deja para quien pueda penetrarlo.
Y  ojala que este Libro para muchos Les sea bendición, aprovechándolo;
Que el comprador después no se lamente De que fue su dinero malgastado.
 Sí, Libro mío, quiero que des fruto, Cual buen amigo de viadores santos,
 Y hagas volver al celestial camino A los pobres que van extraviados.
JUAN BUNYAN
LA PEREGRINA
YIAJE DE CRISTIANA Y SUS HIJOS A LA CIUDAD CELESTIAL
CAPÍTULO PRIMERO
!" El autor, en su segundo sueño, se encuentra con el anciano Sagacidad; principia éste su relato.Cristiana, después de la muerte de su esposo, se arrepiente, y recibe un mensaje divino que la llama á la vida de la peregrinación.
Agradable me fue, queridos lectores, relataros, hace algún tiempo, el sueño que tuve del peregrino Cristiano, y de su arriesgado viaje á la Ciudad Celestial, y no dudo que mi relato os habrá sido provechoso. En él os conté cuanto había presenciado, y os hice notar lo poco dispuestos que estaban la esposa é hijos de Cristiano para acompañarle, llegando á tal extremo su repugnancia, que se vio aquél obligado á emprender solo su viaje, antes que arrostrar el peligro que le amenazaba si permanecía más tiempo con ellos en la ciudad de Destrucción.

Desde entonces, mis numerosas ocupaciones impidiéronme pasar de nuevo por el pueblo nativo de nuestro peregrino, de modo que no pude informarme de lo que había lo de su familia; pero, obligándome recientemente mis negocios á ir por allí, dirigíme una vez más hacia el mismo pueblo, y al descansar en un bosque, que distaba poco de referida ciudad, tuve el siguiente sueño:
Vi que un anciano pasaba por donde estaba yo recostado, y puesto que llevábamos el mismo camino, levánteme le acompañé. Mientras caminábamos, entablamos conversación, según la costumbre que tienen los viajeros, versando nuestra plática sobre Cristiano y su viaje.
Caballeropregúntele, ¿qué pueblo es aquel que se encuentra allí abajo á la izquierda?
SAGACIDAD. (Así se llamaba). Aquélla es la ciudad de destrucción. Es muy populosa, pero los habitantes son sumamente perezosos y corrompidos.
Ya me lo figurabadije: una vez pasé por allí, y sé te le cuadra perfectamente el carácter que usted le da.
SAG. Demasiado; ¡ojalá que, sin mentir, pudiese hablar mejor de aquella gente!
Veo que usted es persona de sano criterio y amante de lo bueno. ¿Acaso ha oído usted hablar de lo que pasó, hace algún tiempo, en aquella ciudad á un tal Cristiano, le emprendió una peregrinación hacia las regiones celestiales?
SAG. ¡Oír hablar de él! Ya lo creo, y también de las molestias, penas, luchas y cautividades que sufrió en el transcurso de su viaje. Además, debo advertirle que su buena fama se ha divulgado por toda esta comarca. Pocas personas hay que, habiendo oído hablar de él y de sus hechos, no se hayan procurado el relato de su peregrinación, me consta que las noticias de su peligroso viaje han atraído a otros muchos al mismo camino; pues si bien, cuando estaba aquí, todos le tenían por loco, ahora, que se ha ido, todo el mundo habla bien de él. Dicen que allí donde está lo pasa muy bien; y, en efecto, muchos que no tienen el valor necesario para correr los mismos riesgos, ambicionan el bienestar por él alcanzado.
No hay que dudar de su felicidad, pues ahora vive cerca de la Fuente de la Vida, y el trabajo y el dolor han pasado ya. Pero dígame usted, ¿qué dicen de él?
SAG. Hablan de él de un modo extraño. Unos dicen que ahora viste blanco ropaje, con cadena de oro alrededor de su cuello, y ciñe su cabeza una diadema de oro engastada en perlas. Otros, que los Resplandecientes, que se le aparecieron á veces durante su viaje, son ahora sus compañeros, y que allí donde habita tiene tanta intimidad con ellos como la que aquí existe entre vecinos. Además, se da por cierto que el Rey de aquel país le ha proporcionado ya una residencia rica y amenísima en su corte; que todos los días come y bebe, anda y habla con él, y que el Juez de todos le prodiga sonrisas y favores. Por otra parte, algunos afirman que su Rey y Señor visitará en breve estas regiones, y sabrá el por qué sus vecinos lo tuvieron en poco y tanto lo escarnecieron al tomar la resolución de ser peregrino. Porque, según dicen, Cristiano es ahora tan amado de su Soberano, y éste se ocupa tanto de las afrentas de que fue objeto, que las considera como inferidas á sí mismo; y no es extraño, por cuanto el amor que á su Príncipe sentía fue el que le indujo á tan penoso viaje.
Pues me alegro. El pobre descansa de sus trabajos, y ahora siega con regocijo lo que ha sembrado con lágrimas; ya está fuera del alcance de sus enemigos. Me alegra también de que el rumor de estos sucesos haya hallado en esta comarca. ¡Quién sabe si esto influirá en el bien de los que se han quedado! ¿Y qué se sabe de su esposa e hijos? Los compadezco de todas veras.
SAG. ¡Cómo! ¿Cristiana y sus hijos? Éstos, según todas probabilidades, lograrán la misma suerte que él; pues bien en un principio obraron neciamente, y no se dejaron persuadir ni por las lágrimas ni por las súplicas de Cristiano, ulteriores reflexiones acerca de dicho asunto han dado maravillas en ellos; así es que, hechos los debidos preparativos, han emprendido la misma carrera. —¡Mejor que mejor!dije;pero ¿está usted seguro de si hayan tomado todos tal determinación?

SAG. Puede usted creerme; y por más señas, me encontraba precisamente en el pueblo cuando partieron, por lo que estoy al corriente de todo, y mientras caminamos le daré todos los incidentes de aquel suceso. Cristiana (tal es su nombro desde el día en que ella y sus hijos principiaron la vida de peregrinación), una vez: su marido hubo atravesado el río, y no pudo ya recibir noticias de él, se vio asaltada por lúgubres pensamientos, y en su dolor vertía abundantes lágrimas, pues con la ida de su marido vio roto el vínculo amoroso que los ataba; porque ¿cómo puede uno dejar de sentir verse separado de seres queridos? Pero no fue ésta la única causa de dolor. También comenzó Cristiana a preguntarse si su marido no le habría sido quitado en castigo de la conducta no decorosa que con él había observado. Entregada de lleno a un hervidero de pensamientos, le vinieron á la memoria las asperezas que habían caracterizado su conducta, mal que había correspondido al cariño de aquel que nunca dejó de ser fiel amigo. Abrumado ya su corazón por tan tristes recuerdos, su quebranto subió de punto al recordar las amargas lagrimas y los lamentos y gemidos de su inconsolable esposo, al obstinarse ella en no querer acompañarle. No podía olvidar las palabras y hechos de Cristiano mientras gemía bajo el peso de su carga, lo que, volviéndose contra su corazón, lo desgarraba por completo. Sobre todo, vibraba en sus oídos con lastimosos acentos aquel doloroso grito que solía lanzar: « ¿Qué es lo que debo hacer para ser salvo?»
No pudiendo reprimir más la angustia que la embargaba, lo participó a sus hijos, diciéndoles:Hijos míos, estamos perdidos. A consecuencia de mi pecado, nos vemos separados de vuestro padre. Me suplicó que le acompañásemos, mas yo no quise ir, y con ello impedí el que alcanzaseis la vida eterna. Al oír esto, los muchachos se comenzaron a llorar, manifestando deseos de ir en pos de su padre.
—¡Ojalá— exclamó Cristiana hubiésemos tenido la dicha de acompañarle! Mejor suerte hubiéramos tenido que la que ahora, al parecer, nos cabrá; pues, aunque antes lo-camente me figuraba que las congojas de vuestro padre procedían de un vano capricho ó de una excesiva melancolía, ahora me consta que su origen era muy distinto; es decir, que se le había dado la Luz de las luces, con la ayuda de la cual escapó, según veo, de los lazos de la muerte.
—¡Ay de nosotros! exclamaron todos llorando amargamente.
La noche siguiente, Cristiana soñó ver abierto delante de si un ancho rollo de pergamino, en el que constaban todas sus acciones. El aspecto de esta lista le parecía suma-mente sombrío, y aunque dormida, no pudo menos de lanzar un grito, diciendo: «¡Señor, sé propicio á esta pecadora!», lo cual fue oído por sus hijos.
Después de esto, le parecía ver al lado de su cama dos seres de muy mal talante que decían:—¿Qué haremos de esta mujer, ya que dormida, lo mismo que despierta, pide misericordia? Si se le permite seguir de este modo, la perderemos como hemos perdido ya á su marido. De una manera ú otra, es preciso distraerla para que deje de pensar en la otra vida, pues de lo contrario, nada de este mundo podrá impedirla ser peregrina.
Presa de un gran horror, despertóse Cristiana, temblando y sudando con profusión; pero habiéndose quedado dormida de nuevo, sus sueños tomaron otra forma. Esta vez le pareció ver á su esposo en la gloria, rodeado de seres inmortales, teniendo en su mano un arpa, en la cual tañía delante de uno, sentado en un trono, con un arco iris sobre su cabeza. Luego le vio inclinarse humildemente, volviendo su rostro hacia el escabel que había debajo de los pies del Rey, y diciendo: Con todo mi corazón doy gracias á mi Señor y Rey por haberme traído á este lugar. Entonces los circunstantes alzaron la voz y tañeron en sus arpas; pero nadie podía comprender sus palabras sino sólo Cristiano y sus compañeros.
A la mañana siguiente, después de haber orado á Dios y hablado un rato con sus hijos, oyó Cristiana que llamaban fuertemente á la puerta.
Adelantedijo, si viene usted en nombre de Dios.
Améncontestó el recién llegado; y abriendo la puerta, saludó con las palabras:
La paz sea en esta casa. Luego prosiguió diciendo:—¿Sabes, Cristiana, con qué

objeto vengo?
El corazón de ésta ardía en deseos de saber de dónde y por qué venía; pero, cubriendo el rubor su rostro, mantúvose callada.
Me llamo Secretodijo el visitante, y habito con los que son de alta esfera. En aquel lugar corre el rumor de que anhelas dirigirte allí, y que te pesa el mal que hiciste á tu marido, endureciendo tu corazón para no acompañarle, y criando á estos tus hijos en la ignorancia. El Misericordioso me ha enviado á ti, Cristiana, para decirte que es un Dios pronto á perdonar y que se deleita en remitir ofensas. Además, te convida á entrar en su presencia y á sentarte á su mesa, donde te alimentará con las exquisitas viandas de su casa, y te dará la heredad de Jacob tu padre. Allí reside aquel que era tu esposo, junto con legiones de compañeros, todos espíritus redimidos, que siempre contemplan el rostro de su Dios, y se alegrarán todos al oír tus pisadas en el umbral de la casa de tu Padre.
Cristiana, bajando la cabeza, se sonrojaba, al paso que su visitante prosiguió diciendo:

He aquí una carta que te traigo de parte del Rey.
De la carta, que estaba escrita en letras de oro, se desprendía un aroma delicioso. En su contenido manifestaba el Rey el deseo de que Cristiana siguiese el ejemplo de su marido, por cuanto ese era el único modo de que consiguiese llegar á su ciudad y morar en su presencia con sempiterno gozo. Dominada por sus emociones, la mujer exclamó:
—¿Y quiere usted llevarnos consigo A mí y á mis hijos, para que vayamos á adorar al Rey?
Contestóle el visitante:
Lo amargo ha de venir antes de lo dulce. Para llegar a ciudad Celestial tendrás que pasar por penas y dificultades, como lo hizo el que te ha precedido. Haz lo mismo que él: dirígete á esa portezuela que ves al otro extremo de la llanura: en ella principia el camino que has de seguir, Dios te acompañe. También te aconsejo que guardes cuidadosamente en tu seno esta carta: leedla, tú y tus hijos, hasta que la sepáis de memoria, por cuanto es uno de los cánticos que habéis de elevar durante todo el tiempo de vuestra peregrinación. También deberá entregarse á tu llegada á la puerta celestial.
(Vi en mi sueño, que el anciano, al relatarme esta historia, parecía fuertemente conmovido; pero, recobrando la tranquilidad, reanudó su narración.)
Cristiana en seguida juntó á sus hijos, y les habló en los siguientes términos: Hijos míos, desde hace algún tiempo, como ya habéis notado, mi alma está sumamente afligida, á causa de la muerte de vuestro padre; no porque en lo más mínimo dude de su felicidad, pues estoy convencida de la dicha que disfruta; pero preocúpame en alto grado el estado miserable en que nos hallamos, y, más que todo, el recuerdo de mi comportamiento para con vuestro padre. Ni quise acompañarle, ni dejé que le acompañaseis. Ante la evidencia de mi culpa, siento cómo el remordimiento corroe mi corazón, y sin el sueño que anoche tuve y las halagüeñas esperanzas que esta mañana me dio este señor, tan amargos recuerdos concluirían con mi existencia. Vamos, hijos, arreglémonos y marchemos hacia la puerta que nos dará entrada al camino, para que veamos A vuestro padre y estemos con él y sus compañeros en paz, según las leyes del país celestial.
Viendo A su madre así dispuesta, los niños prorrumpieron en lágrimas de gozo.
Llenado su encargo, el mensajero se despidió, y ellos desde luego comenzaron á hacer los preparativos para el viaje.
***
CAPITULO II
Cristiana recibe la visita de dos vecinas. Temerosa procura disuadirla de marcharse; pero Misericordia se decide á acompañarla.
A punto de partir estaban Cristiana y sus hijos, cuando dos vecinas llamaron á la puerta.
Entraddijo Cristianasi venís en nombre de Dios.
Las mujeres se quedaron atónitas: no estaban acostumbradas á oírla emplear semejante lenguaje. No obstante, entraron, y al ver que su vecina se estaba arreglando para marcharse:
¿Qué significa esto? exclamaron á una voz.
Estoy preparándome para un viajerespondió Cristiana, dirigiéndose á la mayor de ellas, que se apellidaba temerosa. (Esta era hija del sujeto que encontró á Cristiana en el collado Dificultad, y quiso persuadirle á retroceder por temor de los leones.)
TEMEROSA. ¿Para qué viaje?
CRISTIANA. Para seguir á mi buen marido.Y de nuevo, se llenaron de lágrimas sus ojos.

TEM. Espero que no harás tal cosa. Piensa en tus hijos y no seas necia.
CRIST. Mis hijos me acompañarán. Ni uno de ellos quiere quedarse.
TEM. ¿Quién te ha metido en la cabeza estas ideas estrafalarias?
CRIST. ¡Oh, amiga mía! Si supieras lo que yo, no dudo que irías tú conmigo.
TEM. ¡Veamos! ¿Qué nuevo saber es éste, que te induce á ponerte mal con tus amigas, y andar á caza de quimeras?
CRIST. La salida de mi marido me dejó muy afligida, y sobre todo, desde que atravesó el río he quedado sumamente acongojada. Lo que más me inquieta es la diferencia de mi conducta hacia él, mientras gemía bajo el peso de su carga. Además, siento ahora la misma resolución que mi marido sentía, y á todo trance quiero empezar mi peregrinación. Anoche soñaba que le veía. ¡Ojalá estuviese con él! Mora ya en presencia de su Rey; se sienta con El y come á su mesa. Es compañero ahora de seres inmortales, y el palacio más lujoso del mundo me parece un muladar en comparación de la morada que se le ha proporcionado. El mismo soberano me ha enviado á llamar, con promesas de una acogida cariñosa, si acudo á Él. Su mensajero acaba de salir, habiéndome traído una carta de invitación.
Acto continuo sacó la carta y se la leyó, añadiendo:
Ahora bien; ¿qué opinas de esto? TEM. Que tu marido fue un mentecato, por haberse aventurado tan temerariamente, y que tú no le vas en zaga. ¿Acaso no has oído hablar de las dificultades con que tropezó tu marido tan luego como dio el primer paso por aquel camino? De esto, nuestros vecinos Obstinado y Flexible pueden dar fe, pues le acompañaron, hasta que, como hombres sesudos, tuvieron miedo de ir más adelante. Adelante, hemos oído contar los encuentros que tuvo con los leones, con Apollyón, con la Sombra-de-Muerte y otras muchas cosas. No debes tampoco olvidarte de lo que le pasó en la Feria de Vanidad; y si él, que era hombre, se vio tan apurado, ¿qué puedes hacer tú que no eres sino una débil mujer? Repara en que estos cuatro angelitos son tus hijos, tu carne y tus huesos. Aunque no estimes tu vida, ten compasión del fruto de tu cuerpo, y quédate en casa. Pero Cristiana contestó en los siguientes términos:
Es inútil cuanto digas, vecina. Se me ofrece una ocasión oportuna para alcanzar las riquezas eternas, y sería realmente necia si despreciara tal oportunidad. Aunque me acuerdas las penas y dificultades que probablemente enturaré por el camino, éstas, lejos de desanimarme, me convencen de que tengo razón. Antes que lo dulce ha de venir lo amargo, y esto mismo realza la dulzura de aquella. Por lo cual, puesto que no vienes en nombre de Dios, como dije, te ruego que te retires y me dejes en paz. Después de proferir algunas injurias, dirigióse Temerosa su compañera:
Vamos, amiga Misericordia dijo;ya que rechaza estros consejos y desprecia nuestra compañía, dejémosla.
Pero ésta no se hallaba dispuesta á abandonar tan fácilmente á su vecina, por dos razones: primera, por cuanto sentía un amor entrañable hacia Cristiana, y decía para sí Si está decidida á marcharse, la acompañaré un rato y ayudaré en lo que pueda. Además, no se sentía ya muy tranquila con respecto á su propia alma, y las palabras de Cristiana la habían impresionado algún tanto. Por eso reflexionaba entre sí de este modo:
Hablaré con ella más detenidamente sobre estos asuntos, y si encuentro que no ha padecido ninguna alucinación, la acompañaré. Así resuelta, replicó á su vecina:
Espero que no llevarás á mal el que me quede; pero puesto que Cristiana se está despidiendo de su país, tengo deseos de acompañarla un rato, ya que tan hermosa está la mañana.Guardó, sin embargo, para sí la segunda razón.
TEM. ¡Anda! Veo que tú también estás para locuras; pero antes de que sea demasiado tarde, mira bien lo que haces. Al peligro, con tiento, como dijo el otro; y quien busca el peligro, en el perece. Adiós.
Dicho esto, se separaron: Cristiana, para emprender su viaje, y Temerosa, para volver á su casa. Una vez allí, ésta envió á llamar á unas cuantas vecinas suyas, cuales eran las
señoras Obcecada, Inconsiderada, Liviandad é Ignorancia. Cuando llegaron, las enteró de lo sucedido con Cristiana y de su proyectado viaje.
Teniendo poco que hacer esta mañanadijo, me fui á hacer una visita á Cristiana. Al llegar á la puerta llame, según nuestra costumbre, y me respondió: Si vienes en nombre de Dios, entra. Entré, pues, sin sospechar que hubiese novedad; pero la hallé arreglándose para salir del pueblo con sus hijos. Le pregunté qué significaba aquello, y, en resumidas cuentas, me dijo que era su ánimo ir en peregrinación como hizo su marido. Me contó también un sueño que había tenido, y cómo el Rey del país que habita su esposo le había enviado una carta invitándola á dirigirse allá.
IGNORANCIA. ¡Cómo! ¿Te parece que irá? TEM. Sí que irá, venga lo que viniere; y te diré por qué lo creo. Lo que para mí era un argumento poderoso para persuadirla á abandonar la empresa (es decir, las penas y fatigas que de seguro encontrará en el camino), es para ella un gran incentivo para emprender el viaje, pues me dijo, palabra por palabra: Antes que lo dulce viene lo amargo, y esto mismo realza la dulzura de aquello.
OBCECADA. ¡Vaya una mujer ciega y loca! ¿Y no ha escarmentado con las aflicciones de su marido? Por mi parte, segura estoy que si él estuviera aquí de nuevo, se contentaría con salvar el pellejo y no correría tantos riegos por nada.
La señora Inconsiderada tomó la palabra diciendo:
¡Váyanse cuando quieran del pueblo locos tan fantásticos! Buen desembarazo, digo yo. Aunque se quedara, siguiese con estas ideas, nadie podría vivir tranquilamente a su lado; pues ó bien estaría melancólica é irascible con los vecinos, ó hablaría de asuntos que ninguno de buen juicio puede aguantar. Yo os prometo que no lloraré su partida: que vaya en hora buena, y vengan otros mejores en su lugar. El mundo ha degenerado mucho desde que abundan estos caprichosos babiecas. Luego añadió la señora Liviandad:
Vamos, dejémonos de tales asuntos y hablemos de otra cosa. Ayer estuve en casa de la señora Sensualidad, donde nos divertimos mucho. Figuraos que allí estaba la señora Amor-carnal con otras tres ó cuatro, además del señor Lujurioso, la señora Impureza y otros. Nos entretuvieron con música y danzas y todo cuanto podía construir á nuestro placer. Es seguro que la señora de la casa posee una educación esmerada y el señor Lujurioso es también un finísimo caballero.
***
CAPÍTULO III
Cristiana y Misericordia se dirigen d la puerta angosta, donde son recibidas.
Entretanto, Cristiana, acompañada de sus hijos y Misericordia, proseguía su camino. Mientras caminaban, entablaron la siguiente conversación:
CRIST. Amiga Misericordia, considero como un favor inesperado el que hayas venido á hacerme compañía por un rato.
La joven, que todavía era de muy tierna edad, respondió:
Si creyera que fuese ventajoso ir contigo, no volvería jamás al pueblo de que hemos salido.
CRIST. No temas, y une tu suerte á la nuestra; bien sé yo cuál será el fin de nuestra peregrinación. Mi marido no trocaría su suerte por todo el oro del mundo. No creo que seas rechazada, por más que vayas á invitación mía. El Rey, que nos ha enviado á buscar, es todo misericordia. Además, si tienes algún reparo, me ajustaré contigo, y me acompañarás en carácter de sirvienta; á todo me avengo y todo lo compartiremos, con tal de que me

acompañes.
MISER. Pero, ¿quién puede asegurarme que seré recibida? Si se me ofreciese esta esperanza, por molesto que fuese el camino, iría sin escrúpulo, confiando en la ayuda del Todopoderoso.
CRIST. Pues escucha, querida Misericordia, y haz lo que te digo: ven conmigo á la portezuela, y allí preguntaremos mas definitivamente acerca de ti. Si no te reciben, consentiré en que vuelvas á tu pueblo. Además te recompensaré la bondad que á mí y á mis hijos nos manifiestas acompañándonos de este modo.
MISER. En ese caso iré, y me conformaré con lo que resultare. ¡Ojalá que el Señor del Reino sea benévolo conmigo!
Mucho se alegró Cristiana al oír esto, no sólo por cuanto tenía ya compañera, sino también porque había persuadido á esta doncella á interesarse por su propia salvación.
Caminando juntas, Misericordia echó á llorar.
—¿Por qué lloras tanto? preguntó su compañera.
MISER. ¡Ay! ¿Quién puede no afligirse al considerar el estado lastimoso en que se hallan mis pobres parientes, que aún permanecen en nuestra ciudad pecaminosa? Y lo que agrava mi dolor es el saber que no tiene quien los instruya y les advierta lo que ha de suceder. CRIST. Conviene á los peregrinos compadecerse de los demás. Ahora haces por los tuyos lo que hacía mi buen Cristiano conmigo; se afligía y lamentaba porque no hacía caso de él; pero su Señor y el nuestro recogió sus lágrimas y las puso en su redoma, y ahora tú y yo, lo mismo que estos queridos niños, sacamos el fruto y provecho de ellas. Espero que tus lágrimas tampoco se perderán, pues la Palabra nos dice: «Los que siembran con lágrimas, con regocijo segarán. Irá andando y llorando el que lleva la preciosa simiente; mas volverá á venir con regocijo trayendo sus gavillas».
Entonces cantó Misericordia:
Sea el Bendito mi guía, Si es su santa voluntad, Hacia la puerta del cielo, Monte de su Santidad. Y no me permita nunca De sus caminos salir, Ni vagar extraviada, Aunque tenga que sufrir. Recoja á todos los míos Que detrás de mí dejé; Haz, Señor, que tuyos sean, Llenos de amor y de fe.
Cuando Cristiana llegó al Pantano del Desaliento, y recordó el peligro en que estuvo su esposo de perecer ahogado en el fango, sintió por un instante vacilar sus fuerzas. El camino presentábase erizado de dificultades y peligros, y á pesar de las órdenes del Rey para que lo hiciesen transitable, estaba peor que antes.
Interrumpí entonces el relato de mi anciano amigo para preguntarle si era verdad lo del Pantano. Sí -respondió, demasiado verdad. Hay muchos que, fingiéndose obreros del Rey, dicen que están encargados de la reparación del camino, y, sin embargo, en vez de piedras echan barro y estiércol, haciéndolo peor en vez de mejorarlo.
Ante los obstáculos que se presentaban, detuviéronse, vacilando Cristiana y sus hijos; pero entonces Misericordia, demostrando más valor, díjoles:
No desconfiemos y sigamos adelantando con precaución; y animados con estas palabras, internáronse en el Pantano, haciendo grandes esfuerzos para atravesar el lodazal.

Cristiana varias veces estuvo en inminente peligro de caer en el cieno, pero al fin consiguieron ganar la orilla opuesta; y una vez en salvo, creyeron oír una voz que les decía:— «Bienaventurada la que creyó, porque se cumplirán las cosas que le fueron dichas de parte del Señor».
Echando de nuevo á andar, Misericordia hizo la observación siguiente: Si como tú tuviese la certeza de encontrar una cariñosa acogida al llegar á la portezuela, me parece que ningún Pantano de Desaliento bastaría para desanimarme.
Bienrespondió Cristiana; tú conoces tu llaga y yo la mía; no es este el único percance que tendremos antes de llegar al término de nuestro viaje. Los que nos hemos propuesto alcanzar tan excelente gloria, seremos hostilizados por los que nos aborrecen y envidian nuestra felicidad; créeme.
En este punto Sagacidad se despidió de mí, y yo seguí soñando. Vi á nuestros peregrinos acercarse á la puerta. Una vez en ella, empezaron á discutir la mejor manera de llamar, y lo que habían de decir al portero. Por fin quedaron en que Cristiana, siendo la mayor, llamase en nombre de los demás y expusiese sus deseos al portero. En seguida: comenzó á llamar, dando repetidos aldabazos, como había lecho su esposo. Pero por única contestación oyeron los aullidos de un gran perro, lo cual los llenó de espanto, y en aquel momento no se atrevieron á llamar de nuevo, por temor de que el mastín se lanzase sobre ellos. Estaban ya en gran manera perturbados de espíritu, no sabiendo qué hacer; no osaban llamar á causa del perro, y temían retroceder por temor de que el guardián de la puerta los viese y se enojara con ellos. Decidiéronse al fin á llamar de nuevo, lo que hicieron con más vehemencia que al principio.
—¿Quién va? preguntó el portero.El perro, oyendo su voz, cesó de ladrar, y la puerta les fue abierta.
CRIST. (Inclinándose con ademán de reverencia.) No se enoje el Señor con sus siervas, por haber tenido la temeridad de llamar á su real puerta.
—¿De dónde venís? preguntóles el portero. - ¿Qué se os ofrece?
CRIST. Llegamos del mismo lugar de que vino Cristiano y con el mismo objeto; esto es, que si os place, se nos dé entrada por esta puerta á la vía que conduce á la Ciudad Celestial. A la segunda pregunta, contesto á mi Señor que soy Cristiana, en otro tiempo esposa de Cristiano, el cual ha alcanzado ya la gloria.
Maravillado el portero exclamó:
—¡Cómo! ¿Es peregrina ahora aquella que hace poco aborrecía semejante vida?
Sí, señor dijo ésta, inclinando de nuevo la cabeza, y también lo son estos mis hijos.
Entonces la tomó de la mano y admitióla, diciendo al propio tiempo:
Dejad á los niños venir á mí; y dicho esto, cerró la puerta. En seguida dio órdenes á un pregonero que había en la azotea, sobre el portal, para que celebrase su venida con aclamaciones de júbilo y sonido de trompetas. Al instante el mandato fue ejecutado, y los aires resonaron con sus notas melodiosas.
Entretanto, la pobre Misericordia estaba fuera, temblando y llorando, creyéndose rechazada. Pero Cristiana, habiendo ya logrado ser admitida juntamente con sus hijos, comenzó á interceder á favor de su amiga.
Señor mío dijotodavía hay fuera de la puerta una compañera mía, que viene con el mismo intento que nosotros: está sumamente abatida de ánimo, porque viene, á su parecer, sin ser invitada, mientras que yo he sido llamada por el Señor de mi marido.
Misericordia, que principiaba ya á impacientarse, y á quien cada minuto le parecía una hora, impidió á Cristiana interceder más, llamando ella misma á la puerta. Tan fuertes golpes dio, que Cristiana se sobresaltó.
—¿Quién llama?preguntó el portero.
Es mi amigadijo la mujer.
Abriendo entonces la puerta, miró fuera, y vio que Misericordia había caído desmayada,

temiendo no ser recibida.
Entonces, cogiéndola de la mano, le dijo:
Muchacha, levántate.
—¡ Ah, señor! Estoy muy desfallecida; apenas me queda un soplo de vida.
Pero el buen señor le respondió:
Uno ha dicho: «Cuando mi alma desfallecía en mí, acordéme de Jehová, y mi oración entró hasta tu santo templo». No temas, sino ponte en pie y dime por qué vienes.
MISER. Vengo en busca de aquello á que no he sido llamada, como lo fue mi amiga. Su invitación fue de parte del Rey; la mía no ha sido sino de parte de ella. Por eso temo.
PORTERO. ¿Te rogó ella que vinieses acá en su compañía?
MISER. Sí, me invitó, y como mi Señor puede ver, he aceptado. Si la gracia y el perdón pueden extenderse hasta mí, suplico que á esta vuestra humilde sierva le sea permitida participar de estas bendiciones.
Tomándola de nuevo por la mano, la introdujo cariñosamente por la puerta, diciendo:
Intercedo en favor de todos los que creen en mí, cualquiera que sea la manera como acuden.Entonces dijo á los circunstantes:Traed alguna hierba aromática y dádsela para que se reponga de su desmayo.Le trajeron un manojo de mirra y volvió pronto en sí.
De este modo fueron Cristiana, sus hijos y Misericordia, al principiar su camino de peregrinación, recibidos por el Señor, quien les habló con benignidad.
Nos arrepentimos -añadieron de nuestros pecados, y pedimos á nuestro Señor que nos otorgue el perdón, informándonos más particularmente de lo que conviene hacer.
Concedo el perdónrespondió, por palabra y por hecho: por palabra, en la promesa de la remisión de pecados; por hecho, en la manera como lo conseguí para vosotros. Recibid ahora de mis labios un beso, y lo demás ya os será revelado.
***
CAPÍTULO IV
Los peregrinos son agasajados por el Portero. Prosiguiendo su camino, las mujeres son molestadas por dos villanos y oportunamente socorridas por Auxiliador.
Después de esto vi que su Señor les dirigía muchas palabras consoladoras, las cuales colmábanles de alegría, también los condujo á una azotea que había sobre la puerta, desde la cual podían distinguir á lo lejos por qué hecho e habían salvado.
La misma vistaañadió— se os ofrecerá de nuevo durante el camino para vuestro consuelo.
Luego los dejó abajo solos por un rato en una sala de verano, donde trabaron entre sí la siguiente conversación:
CRIST. ¡Gracias al Señor! ¡Cuánto me alegro de haber entrado aquí!
MISER. Bien puedes congratularte; pero yo, sobre todo, tengo motivos fundados para saltar de alegría.
CRIST. Hubo un momento, mientras estábamos á la puerta, á la que había llamado y nadie contestaba, en que temí que toda nuestra molestia y nuestros trabajos habían ido inútiles, especialmente cuando aquel ruin perro lanzaba tantos alaridos.
MISER. El temor asaltó mi corazón, sobre todo cuando vi que te habían recibido, mientras que yo quedaba fuera.
Ahora, dije para mí, se ha cumplido lo que está escrito: «Estarán dos mujeres moliendo en un molinillo, la una será tomada y la otra será dejada». Tuve que esforzarme por no gritar: ¡Ay de mí, que soy muerta! Por el momento no me atreví á llamar más; pero, alzando los ojos, me fijé en lo que está escrito sobre la puerta, y cobré ánimo. Entonces parecióme que si no llamaba otra vez me moriría, y así llamé, pero no puedo decirte cómo, porque mi espíritu lu-chaba entre la vida y la muerte.

CRIST. ¿No sabes cómo llamaste? Pues los golpes eran tan fuertes que me hicieron estremecer; nunca en mi vida había oído semejantes aldabazos; creía que tenías la intención de entrar por fuerza ó que ibas á «arrebatar el reino».
MISER. ¡Ay! ¿Quién en semejante situación habría obrado de otra manera? Ya viste que se me había cerrado la puerta, y que por allí había un perro rabioso. ¿Quiéndijo, siendo tan tímida como yo, no hubiera llamado con toda su fuerza? Pero, ¿qué dijo el Señor con respecto á mi osadía? ¿No se enfadó contra mí?
CRIST. Cuando oyó el ruido que hacías, sonrió suave y cariñosamente. Creo que tu importunidad le agradó bastante, pues no manifestó ningún desagrado. Pero me extraña mucho que tenga un perro tan feroz; á saberlo de antemano, temo que no habría tenido valor para aventurarme como lo hice. Pero ya estamos dentro, y me alegro de todo corazón.
MISER. Si quieres le preguntaré, cuando baje, por qué tiene tan feroz perro en su corral: espero que no lo tomará á mal.
—¡Ah! sí— dijeron los niños,y persuádele á que lo mate, porque tememos nos muerda cuando salgamos de aquí.
Efectivamente, al bajar de nuevo el Señor, Misericordia se postró delante de él, diciendo:
Que mi Señor se digne aceptar el sacrificio de alabanzas que ahora le ofrezco.
Paz á ti; levántate respondióle.
Pero ella continuó postrada, añadiendo:
Justo eres tú, oh Señor, aunque yo me atreva á discutir tus juicios. ¿Por qué guarda mi Señor en su corral un perro tan feroz, á la vista del cual, mujeres y niños como nosotros huyen atemorizados de la puerta?
El perrodijo no es mío, y está encerrado en otra propiedad; mis peregrinos sólo oyen sus ladridos. Pertenece al Castillo que se ve allá un poco lejos de aquí, pero pude acercarse á estos muros. Su gritería ha espantado para bien á muchos peregrinos sinceros. Por cierto que su dueño no lo tiene por buena voluntad hacia mí, sino, al contrario, con el objeto de impedir á los peregrinos venir á mí, é infundirles temor para que no llamen á esta puerta. Alguna que otra vez se ha escapado, y ha acosado y maltratado á mis amados; por ahora lo sufro todo con paciencia; mas yo dispenso á los míos ayuda oportuna, para que no sean entregados á él y haga de ellos lo que quiera, según lo malévolo de su naturaleza. Pero aun sabiéndolo de antemano, no hubieras tenido miedo de un perro, ¿no es verdad? Los que van mendigando de puerta en puerta, antes que pedir una limosna, corren el riesgo de los ladridos y aun a las mordeduras de un perro. ¿Por qué, pues, habéis de tener miedo de un perro que está en corral ajeno, y cuyos ladridos vuelvo en provecho de los peregrinos? Libró su única de los leones y del poder del perro.
MISER. Confieso mi ignorancia; he hablado de lo que no comprendía; reconozco que todo lo hacéis bien.
Cristiana entonces principió á hablar de su viaje, y á pedir informes sobre el camino. El Señor, después de darles de comer, lavóles los pies, y luego les enseñó el camino, así como antes lo había hecho con Cristiano. Al ponerse en marcha, el tiempo les favorecía, y Cristiana gozosa cantaba: Bendito por siempre el día En que mi marcha empezóY bendito sea el hombre, Que á empezarla me movió.
Largos años transcurrieron, Sin tener vida ni paz; Ahora corro cuanto puedo; Tarde es mejor que jamás.
Llanto en gozo, miedo en calma, Se cambian al empezar; Si el principio es tan hermoso,
Más hermoso el fin será.
Al otro lado del vallado que resguardaba la senda, habla un huerto que pertenecía al amo de aquel furibundo perro antes mencionado. Algunos de los árboles frutales extendían sus ramas sobre el muro, y siendo la fruta de hermoso aspecto, sucedía á veces que los viajeros la cogían, con gran perjuicio para su salud. Los niños, pues, con el instinto propio de la juventud, prendados de la fruta, la comieron y empezaron á comer, á pesar de las reprensiones de su madre.
Hijos míosdijo ésta, hacéis mal, porque aquel fruto no es nuestro.
Ignoraba, sin embargo, que perteneciese al enemigo; de otra suerte, hubiera muerto de miedo. Por de pronto, no hubo resultado alguno desagradable, y nuestros peregrinos prosiguieron su camino. Habíanse alejado ya muy poco de la puerta por la que entraron, cuando divisaron dos sujetos muy mal encarados, que venían de prisa á su encuentro. Viendo esto las dos mujeres, cubriérose con sus velos y siguieron andando, con los niños delante. Al encontrarse con ellas, los hombres hicieron ademán de abrazarlas.
—¡Atrás! exclamó Cristiana.Seguid por vuestro camino como personas honradas.
Pero estos dos, haciéndose los sordos, desdeñaron las protestas de las mujeres, y comenzaron á ponerles la mano encima. Con esto Cristiana, encendida en ira, les dio de puntapiés, mientras que Misericordia hacía lo que podía por rechazarlos.
Dejadnos pasar gritó de nuevo Cristiana. No tenemos dinero, siendo peregrinas como veis, y para vivir dependemos de la caridad de nuestros amigos.
No buscamos dinero dijo uno de ellos; pero sí venimos á deciros que si queréis concedernos lo poco que pedimos, os haremos mujeres de fortuna.
Cristiana, que adivinó sus intenciones, contestó:
No os escucharemos, ni atenderemos á vuestras razones, ni accederemos á vuestros ruegos. Tenemos mucha prisa y no podemos detenernos; del éxito de nuestro viaje depende la vida ó la muerte.
Dicho esto, las mujeres hicieron otro esfuerzo por pasar adelante, pero los villanos se lo impidieron.
No atentamos á vuestra vidas dijeron: otra cosa es lo que queríamos.
CRIST. Sí, queríais tenernos en cuerpo y en alma, pues ya sé á qué intento venís: pero antes moriremos aquí mismo que dejarnos caer en redes que pondrían en peligro nuestro bienestar eterno.
En seguida clamaron ambas mujeres á voz en grito: ¡Asesinos! ¡á ellos! para ponerse bajo el amparo de las leyes que se han establecido para la protección de la mujer. Viendo que los malvados no desistían del intento, alzaron otra vez la voz.
No estando todavía muy lejos de la puerta, se oyeron los gritos en este último lugar. Reconocida la voz de Cristiana, acudieron á todo andar en su socorro. Al llegar el Auxiliador cerca de los peregrinos, encontraron á las mujeres muy apuradas, mientras que los niños lloraban á su lado. —¿Qué villanía es esta que cometéis? dijo dirigiéndose á los rufianes.— ¿Queréis obligar á las siervas del Señor á pecar? Intentó también aprisionarlos, pero ellos se escaparon, escalando el vallado y refugiándose en el huerto del propietario del perro, de modo que el mastín llegó á ser su protector.
Preguntadas las mujeres cómo estaban. Bien, gracias Á tu Señor fue la contestación; pero hemos tenido un gran susto. Mucho te agradecemos el haber venido en nuestro auxilio; de otro modo hubiéramos sido vencidas.
Después de breves palabras, Auxiliador dijo: Mucho me maravillé, cuando os hospedaron á la puerta, de que, siendo débiles mujeres, no pidieseis al Señor los servicios de un guía. De

seguro hubiera accedido á vuestros ruegos, y habríais evitado estos contratiempos y peligros.
CRIST. ¡Ay! Estábamos tan prendadas de las bendiciones que acabábamos de recibir, que los peligros que podían ofrecerse quedaron en olvido. Además, ¿quién hubiera creído que tan cerca del palacio del Rey se escondieran semejantes bribones? En efecto, hemos hecho mal en no pedir un guía; pero sabiendo el Señor que nos sería ventajoso, es extraño que no nos lo brindara.
Aux. No es siempre conveniente otorgar las cosas que no se piden, para que no se tengan en poco; pero cuando siente uno la necesidad de una cosa, aprende á apreciarla debidamente y á valerse de ella. Dado el caso de que mi Señor os hubiera concedido un conductor, no hubierais lamentado vuestro descuido en pedírselo, como ahora tenéis ocasión de hacerlo. Así veis que todas las cosas contribuyen á vuestro bien, y tienden á haceros cautelosas.
CRIST. ¿Volveremos á nuestro Señor para confesarle nuestra indiscreción y pedirle un guía?
Aux. Yo le ofreceré vuestra confesión. No tenéis necesidad de volver atrás, porque no os faltarán recursos en los lugares donde llegareis. En cada una de las hospederías que mi Señor ha preparado para el alojamiento de sus peregrinos, se encuentra lo necesario para escudarlos contra cualquier atentado. Pero, como dije, quiere ser solicitado para hacerles esto. Debe ser de escaso valor aquello que no vale la pena de ser pedido.
Dicho esto, los dejó continuar solos su viaje.
MISER. Esto ha sido un desengaño muy rudo. Me figuraba que ya estábamos fuera de todo peligro, y que la tristeza no nos alcanzaría más.
CRIST. Tu inocencia, hermana, puede disculparte mucho; pero, por lo que á mí toca, mi culpa es tanto mayor, cuanto que preví este peligro antes de salir de casa, y, sin embargo, no me precaví al hallarme donde podía disponer de los medios necesarios. Por eso me he hecho acreedora á severas reprensiones.
MISER. ¿Cómo podías saber esto antes de marcharte? Descúbreme este enigma.
CRIST. Yo te lo diré. La noche antes de partir, habiéndome acostado, tuve un sueño. Me parecía ver á dos hombres semejantes en todo y por todo á estos dos pillos, que estaban al pie de mi cama conspirando para arruinarme é impedir mi salvación. Era cuando me hallaba tan agobiada de dolor. ¿Qué haremos de esta mujer?decían, pues dormida lo mismo que despierta pide perdón. Si se la deja seguir de éste, se nos escapará como lo hizo su marido. Esto debiera haberme hecho cautelosa, é inducido á precaverme, cuando tenía á la mano lo necesario para conjurar el peligro.
MISER. Buena ocasión se nos ha proporcionado por medio de este descuido, para enterarnos de nuestras imperfecciones. Nuestro Señor ha aprovechado también esta cir-cunstancia para manifestarnos las riquezas de su gracia, deparándonos favores no solicitados y librándonos bondadoso de manos de personas más poderosas que nosotras.
***
CAPÍTULO V
Los peregrinos en casa de Intérprete. -Las enseñanzas alegóricas que allí recibieron: la mente
carnal; altas bendiciones inmerecidas, obtenidas por la fe; las voces de Dios; la mansedumbre;
diversidad de dones y gracias; necesidad de llevar fruto; tendencias mundanas de los
hipócritas.
Así hablando, aproximáronse nuestros caminantes á una casa que había sido construida en beneficio de los peregrinos. Era la de Intérprete, donde Cristiano tuvo tan afable recibimiento. Al llegar á la puerta, oyeron un gran susurro de voces, y aguzando el oído

creyeron distinguir entre otras cosas el nombre de Cristiana. Hay que advertir que les había precedido el rumor de que ella y sus hijos iban en peregrinación, y esto causaba tanto más placer, cuanto que se decía que la esposa de Cristiano, que hacía poco tiempo no quería siquiera oír hablar de tal cosa, era la que estaba en vísperas de llegar. Detuviéronse inmóviles, y oyeron cómo los de lo casa alababan su conducta, no sospechando que el objeto de sus elogios estuviera á la puerta. Al fin Cristiana cobró ánimo suficiente para llamar, como antes lo había hecho á la portezuela, y viniendo á abrir una doncella llamada Inocente, encontróse con las dos mujeres.
—¿Con quién desáis hablar? preguntóles.
CRIST. Nos han dicho que éste es un lugar privilegiado para peregrinos, y nosotros lo somos; por lo tanto os rogamos que se nos proporcione hospedaje, porque el día toca á su fin, y no quisiéramos ir más lejos esta noche.
INOCENTE. ¿A quién anunciaré?
CRIST. Me llamo Cristiana: fui la esposa de aquel peregrino que hace algunos años viajó por aquí, y éstos son sus cuatro hijos. Esta joven es compañera mía, y va también en peregrinación.
Al oír esto Inocente, entró corriendo, y dijo:
—¿Quién pensáis está á la puerta? Pues allí están Cristiana con sus hijos y una compañera suya, pidiendo alojamiento. Llenos de gozo, fueron á comunicar la nueva al dueño de la casa, quien, dirigiéndose á la puerta, preguntó si era cierto fuese la esposa de Cristiano quien llamaba.
CRIST. Sí, señor; aquella mujer tan empedernida é indiferente á las penas de su marido, y que le dejó que siguiese su viaje solo, soy yo, y éstos son sus cuatro hijos; mas ahora vengo, porque estoy convencida de que este camino es el único que conduce al bien.
ÍNTER. Así se ha cumplido aquello que está escrito del hombre que dijo á su hijo: «Ve hoy á trabajar en mi viña; y respondiendo él, dijo: No quiero; mas después, arrepentido, fue.»
CRIST. ¡Así sea, amén! Quiera Dios que esto se verifique en mí, y que al fin sea hallada de Él en paz intachable é irreprensible.
ÍNTER. Pero ¿por qué te quedas á la puerta? Entra, hija de Abraham. Hace poco rato estábamos hablando de ti, porque habíamos recibido noticias de tu salida: entrad todosdijo; y los introdujo en la casa.
Después de un corto período de descanso, la familia y criados de Intérprete se presentaron á los huéspedes. La satisfacción que sintieron al ver que Cristiana había emprendido tal carrera, se dibujaba patentemente en sus semblantes: acariciaron á los niños, trataron con esmerado cariño á Misericordia, y á todos y á cada uno les dieron la bienvenida á la casa de su Señor. Luego, mientras se les aderazaba la cena, les enseñó Intérprete los aparatos alegóricos que Cristiano había visto con tanto provecho. Allí, pues, vieron al hombre enjaulado, al soñador, al valiente que se abrió paso al través de sus enemigos, el cuadro del guía fiel, junto con otras muchas cosas instructivas.
Cuando los peregrinos hubieron meditado debidamente en el significado de estas cosas, Intérprete los condujo á una habitación, en la que había un hombre que no podía mirar sino hacia abajo, teniendo en la mano un rastrillo; al paso que encima de él se veía uno que, llevando en su mano una corona celestial, se la ofrecía en cambio de su rastrillo; pero el hombre, sin alzar los ojos ni poner atención en ello, seguía escarbando entre la paja, las astillas y el polvo del suelo.
CRIST. Se me figura que comprendo algo del significado de esto. Es la figura de un hombre mundano, ¿no es verdad?
INTER. Has acertado bien, y su rastrillo pone de manifiesto su mente carnal. Este que veis, prefiere más ocuparse en recoger pajas y basura que escuchar á Aquel que lo llama desde arriba, ofreciéndole la corona celestial, y sirve para mostrar que el cielo para algunos no es sino una fábula, y que las cosas materiales se consideran como las únicas sustanciales. El

hecho de que el hombre no puede mirar sino hacia abajo, es para enseñaros que las cosas terrenas, cuando se apoderan del espíritu del hombre, alejan su corazón de Dios.
CRIST. ¡Líbreseme de este rastrillo!
INTER. Esa petición ha quedado arrinconada hasta ser casi olvidada. Apenas uno entre diez mil profiere la súplica: «No me des riquezas». Pajas, astillas, polvo son las cosas de gran actualidad para la mayoría de los hombres.
CRIST. Y ¡"Mis. (Llorando.) ¡Ay! Sí,   es demasiada verdad.
Después de esto, Intérprete les enseñó la mejor habitación que había en la casa; una estancia hermosísima. Les dijo que mirasen en torno suyo, para ver si podrían descubrir algo que les sirviera de provecho. En seguida miraron por todas partes; pero sólo había una enorme araña en la pared, y de ésta no hicieron caso.
No veo nada exclamó Misericordia; pero Cristiana callaba.
Instigada á mirar de nuevo Misericordia, dijo:
Aquí no hay nada sino una araña muy fea, asida á la pared.
—¿No hay sino una sola araña en todo este cuarto espacioso? preguntóles.
Entonces las lágrimas inundaron los ojos de Cristiana; era una mujer de claro ingenio.
Sí, señordijo; aquí hay más de una, y arañas cuyo veneno es mucho más funesto que el de aquélla.
Tienes razóncontestó Intérprete mirándola con agrado. Al oír esto, á Misericordia le afluyó la sangre al rostro; los muchachos también se cubrieron la cara, pues ya empezaban á comprender el enigma.
ÍNTER. La araña ase con las manos (como ya veis), y está en los palacios de los reyes. ¿Por qué se ha escrito esto sino para mostraros que, por llenos que estéis del veneno del pecado, podéis, con la mano de la fe, asiros de la mejor habitación que pertenece al palacio del Rey celestial y morar en ella?
CRIST. Se me había ocurrido algo de esto, pero no podía profundizarlo todo. Pensaba que éramos como arañas y que parecíamos feas, por lujosa y soberbia que fuese la habitación en que nos encontráramos; pero no me había venido al pensamiento que en este venenoso y ruin insecto habíamos de aprender la manera de obrar por fe; y en efecto, vemos que la araña, asida con sus patas á la pared, vive en la mejor habitación de la casa. Dios no ha hecho nada en vano.
Nuestros peregrinos recibieron con alegría estas enseñanzas; pero sus ojos se humedecían. Cruzáronse entre ellos miradas significativas, y se inclinaron ante el señor Intérprete.
Este los condujo luego á otro cuarto, donde había una gallina con sus polluelos. Observándolos un rato, vieron á uno de los pollitos dirigirse á la pila para beber, y cada vez que bebía alzaba los ojos hacia arriba.
Miraddijo lo que hace este polluelo, y aprended de él á reconocer de dónde proceden las bendiciones. Continuad mirándolos y veréis algo más.
En efecto, repararon en que la gallina llamaba de cuatro diferentes maneras á sus pequeñuelos. Tenía: primero, una voz natural que empleaba todo el día; segundo, un llama-miento especial que se oía de vez en cuando; tercero, un cloqueo; y cuarto, un grito de alarma.
Aquí—dijo Intérpretetenéis una imagen de vuestro Rey y sus fieles, pues él también obra de diferente manera para con los suyos. Su voz ordinaria se oye continuamente; cuando ofrece alguna dádiva hace oír un llamamiento especial; habla con acentos tiernos á los que están cobijados debajo de sus alas, lo mismo que la gallina hace con sus polluelos; cuyos acentos se convierten en un clamoreo para advertir á los suyos cuándo se acerca el enemigo. Os he enseñado estas cosas, porque son fáciles de comprender á las mujeres y niños como vosotros.
Cristiana manifestó deseos de ver más, por lo cual Intérprete los condujo al matadero, donde vio á un carnicero que mataba una oveja, la cual, muy mansa y tranquila, recibía la

muerte sin oposición.
Debéis aprender de la conducta de esta ovejales dijo, á padecer y soportar injurias y males sin murmuraciones ni quejas. ¡He aquí cuan tranquilamente se deja matar! No se opone á cuanto la hacen sufrir; y vuestro Rey os llama ovejas suyas.
Acto seguido los condujo á su huerto, donde había una gran variedad de flores.
Ya veisdijo, que entre estas flores existe mucha diversidad de altura, color, aroma y virtud; y algunas son mejores que otras: además, permanecen donde el jardinero las ha colocado, y no riñen.
De allí los llevó á su campo, en el que había sembrado trigo y otros cereales; pero, mirando de cerca, vieron que las espigas todas habían sido cortadas, y no quedaba sino la paja.
Este campoles explicó—ha sido abonado, arado, y sembrado; pero, ¿qué haremos de la cosecha? Queman una parte y de lo demás hacen abonorespondió Cristiana
—¡Ah! añadió aquél, veis que lo que se espera es fruto, y por falta de él se lo condena todo á ser quemado ú hollado de los hombres. Tened cuidado que, diciendo esto, no falléis vuestra propia condenación.
Al regresar de su breve excursión campestre, Intérprete dirigió su atención hacia un pitirrojo que tenía una enorme araña en la boca. Todos fijaron en él la atención, y mientras Misericordia se admiraba, Cristiana exclamó:
—¡ Cuánto se envilece este pájaro tan hermoso! Es uno que en plumaje y apariencia es superior á muchos de su clase, y además parece que le gusta mantener relaciones con el hombre; yo creía que se alimentaba de migajas y otras cosas inocentes; francamente, se ha rebajado en mi estimación.
ÍNTER. Ved ahí en ese pitirrojo un emblema de ciertas personas que hacen profesión de piedad. En apariencia son como este pajarito, que canta bien, tiene colores hermosos, y es de aspecto gracioso. Estas personas fingen un gran amor hacia los sinceros siervos del Señor, y, sobre todo, profesan deseos de asociarse con ellos y estar siempre en su compañía, como si pudiesen alimentarse con el manjar de los piadosos. Alegan también que por eso frecuentan las casas de los buenos y asisten á los cultos del santuario; pero, una vez solos, pueden como este pájaro, coger y engullir arañas, pueden cambiar de alimento y «beber la iniquidad como agua».

No hay comentarios:

Publicar un comentario