Cristo es el único Camino Juan 14:6

jueves, 10 de noviembre de 2011

Libro la Peregrina: Capítulos 11-15



JUAN BUNYAN
LA PEREGRINA
Viaje de Cristiana y sus hijos a la Ciudad Celestial bajo el símil de un sueño
SEGUNDA PARTE DE «EL PEREGRINO»
CAPÍTULOS   11-15
PROLOGO DE LA SEGUNDA PARTE DE «EL PEREGRINO»

CAPÍTULO XI
Los peregrinos, acompañados de Gran-Corazón, pasan felizmente por el valle de Humillación. Visitan el sitio donde tuvo lugar el combate entre Cristiano y Apollyón.

Así agradablemente entretenidos, oyeron que llamaban a la puerta. Era Gran-Corazón, y grande fue el gozo de los peregrinos al verlo; su presencia les recordaba cómo hacía poco tiempo había dado muerte al feroz gigante Grima el Sanguinario, y los había librado de los leones.
Saludando á Cristiana y Misericordia, les dijo:
Mi Señor ha enviado á cada una de vosotras una botella de vino, junto con un poco de grano tostado y un par le granadas; también ha mandado para los muchachos algunos higos y pasas: esto os servirá de refrigerio durante el camino.
Luego se dispusieron á marchar, y Prudencia y Piedad os acompañaron un rato. A la puerta, Cristiana preguntó al portero si recientemente alguno había pasado por aquel camino.
Nodijo, pero hace algún tiempo pasó uno, quien me contó que acababa de cometerse un robo de consideración en el camino real por donde habréis de pasar; peroañadió—ya han capturado á los salteadores, y pronto instruirán causa criminal contra ellos.
Las mujeres se asustaron algún tanto, al recibir estas noticias.
No hay que tener miedo, madredijo Mateo, puesto que el señor Gran-Corazón ha de acompañarnos.
Cristiana se despidió afectuosamente del portero.
Me hallodijo sumamente agradecida por las bondades que has mostrado conmigo desde que llegué á esta casa, y por el trato cariñoso y amante que has tenido con mis hijos; no sé cómo recompensar tales favores; pero en prueba de mi agradecimiento, sírvete aceptar esta friolera;y diciendo esto, puso una pieza de oro en su mano.
El portero la saludó respetuosamente, y dijo:
Que tus vestidos sean siempre blancos y no falte el óleo santo á tu cabeza. Que Misericordia viva y no escaseen sus obras.
Y á los muchachos dijo:
Huid de los deseos juveniles, y seguid la santidad en compañía de los que son circunspectos y sabios; así infundiréis gozo en el corazón de vuestra madre, y alcanzaréis alabanza de parte de todos los que gozan de sano juicio.
Emprendida ya la marcha, adelantaronse hasta llegar á la cumbre del collado. En aquel momento, Piedad se acordó de que había dejado en casa un regalo para nuestros viajeros, y volvió apresuradamente en busca de él. Durante su ausencia, Cristiana oyó, procedente de un bosque á poca distancia de ellos, á la derecha, un trino extraño y de una armonía exquisita con palabras semejantes á éstas:


Has mostrado tu favor. En mi vida sin cesar; Y en tu casa, Dios de amor, Para siempre he de morar.
Escuchando con atención, parecía que otras notas constaban á las primeras, diciendo:
¿Por qué? Porque el Señor es bondadoso;
Segura para siempre es su piedad;
Y mientras pasa el tiempo presuroso,
Permanece inmutable su verdad.
—¿Qué es lo que produce tan melodiosas notas?preguntó á Prudencia.
Son nuestros pájaros silvestresrespondió;raras veces entonan estos acordes, si no es en la primavera, cuando aparecen las flores y los rayos del sol empiezan á hacer sentir su calor; entonces se les puede oír durante todo el. Muy á menudo salgo á escucharlos, y á veces también los tenemos domesticados en casa. Nos hacen buena compaña cuando

estamos abatidas de espíritu, y convierten los bosques y lugares solitarios en sitios deliciosos y apetecibles.
Pronto apareció de nuevo Piedad, y dijo á Cristiana:
Mira, te traigo una relación de las cosas que has visto en casa, la que servirá para traerlas á la memoria para tu edificación y consuelo, si acaso llegas á olvidarlas.
Juntos descendieron del collado al valle de Humillación, la cuesta era escarpada y el camino resbaladizo; pero andando con mucha cautela, bajaron sin tropiezo. Una vez en el valle, Piedad dijo á Cristiana:
Este es el sitio donde tu marido se encontró con el infernal Apollyón, y se trabó la empeñada lucha de que sin duda has oído hablar. Pero ten ánimo; teniendo á Gran-Corazón con vosotras, esperamos que tendréis mejor suerte. En este punto, después de haberlas encomendado al cuidado y protección de su guía, las doncellas se despidieron de ellos. Por el camino dijo Gran-Corazón:
No hay que tener tanto miedo á este valle, pues aquí no hay nada que pueda dañarnos, á no ser que atraigamos el mal sobre nosotros mismos. Es verdad que aquí Cristiano encontró á Apollyón, con quien tuvo una lucha encarnizada; pero aquella refriega fue resultado de los deslices que tuvo al bajar el collado; á los que resbalan allí les aguardan combates aquí. Por eso este valle tiene tan mala fama; pues el vulgo, oyendo decir que algún desastre ha acontecido á Fulano de Tal en tal sitio, se imagina que el lugar es frecuentado por algún demonio ó espíritu malo, cuando, desgraciadamente, estas cosas que pasan a los viajeros son el fruto de sus obras.
Este valle de Humillación es, en efecto, una comarca tan fértil como otra cualquiera fecundada por el sol, y estoy convencido que no será difícil que encontremos algo por aquí que explique el porqué Cristiano se halló tan apurado.
JAIME. ¿Qué es aquella columna? Parece que hay algo escrito en ella; vamos á verlo.
Acercáronse, y encontraron un letrero que decía: «Los deslices de Cristiano, antes de llegar á este sitio, fueron causa de la lucha que aquí tuvo que sostener; sirva esto de amonestación á los que en lo sucesivo viajen por este camino.»
GRAN-COR. ¿No os dije que debía hallarse por aquí alguna explicación de los apuros de Cristiano?, dicho sea esto añadió volviéndose hacia Cristianasin desdoro de Cristiano ni de otros muchos que han tenido igual suerte, pues es mucho más fácil subir esta cuesta que bajarla, lo cual puede decirse de muy pocas colinas. Pero dejemos en paz al buen hombre, descansa ya, y además alcanzó una victoria espléndida sobre su enemigo, quiera el que mora en las alturas que no nos sobrevenga otra cosa peor cuando, como é1, pasemos por la prueba.
Volvamos ahora á tratar de este valle de Humillación, en toda esta región no hay un territorio tan bueno y fértil corno éste. El terreno es rico, y ya veis cómo abundan los prados. Llegue alguno como nosotros en verano, y aunque no sepa nada anteriormente de este sitio, si sabe apreciar o que se le ofrece á la vista, no puede dejar de recrearse con su perspectiva. ¡Cuan verde está el valle. Cuan hermoseado con los lirios!. He conocido a muchas personas de la clase trabajadora que han logrado tener buenas posesiones en esta comarca («Dios resiste á los soberbios y da gracia á los humildes»), por cuanto el terreno es muy fecundo y produce muchísimo Algunos también han sentido no poder pasar directamente de este valle á la casa de su Padre Celestial, y evitar las molestias que causa el atravesar los collados y montañas; pero el camino está trazado, y hay que seguirlo.
En esta agradable conversación entretenidos andaban todos, cuando percibieron un zagal que apacentaba las ovejas de su padre. El mozo vestía ropa muy basta; pero tenía el rostro risueño y bien parecido, y sentado distraíase de sus ocios cantando.
Escuchad lo que cantadijo Gran Corazón.
Prestando atención, oyeron que cantaba lo siguiente:

Caer no teme quien en tierra yace;
El que no tiene orgullo no se eleva;
Jesús en el humilde se complace
Y, como Guía, á su mansión le lleva.
Con lo que Dios me da vivo contento,
En estrechez lo mismo que en holgura;
Por seguirte, Señor, feliz me siento
Bajo tu santa protección segura.
Es peso la abundancia al peregrino,
Que le impide marchar con ligereza;
Será mejor con poco en el camino,
Luego tendrá la celestial riqueza.
GRAN-COR. ¿Lo oís? Me atrevo á afirmar que ese mozo lo pasa más alegremente y tiene el espíritu más tranquilo y sosegado que aquel que viste seda y terciopelo; pero re-anudemos nuestra plática.
En otro tiempo nuestro Señor tenía una morada en este valle; le gustaba mucho estar aquí; se complacía en pasear por esos prados y respirar su agradable brisa. En este sitio, uno se halla libre del ruido y bullicio de la vida. La confusión y el estrépito son anejos á todos los demás estados; sólo en el valle de Humillación pueden encontrarse la tranquilidad y el retiro. Nada hay que estorbe á uno en sus meditaciones, como suele haber en los demás sitios. Es un valle que nadie frecuenta sino aquel que ama la vida de peregrino; y si bien Cristiano tuvo la mala suerte de encontrarse aquí con Apollyón, y de batirse aquí furiosamente con él, os

advierto que en otras ocasiones los hombres han encontrado ángeles por este camino, han dado con perlas preciosas y han hallado palabras de vida eterna.
No sólo tenía nuestro Señor una residencia aquí, como dije, y hallaba un placer especial en andar por ahí, sino que ha legado á los que viven en el valle ó lo atraviesan una renta anual, la cual se les ha de pagar regular y fielmente para su manutención, y á fin de animarlos á prose-guir su peregrinación.
SAM. Entiendo que en este paraje mi padre y Apollyón , se pelearon; pero ¿en qué parte se dio la batalla?, pues veo que el valle es espacioso.
GRAN-COR. Pelearon á corta distancia de aquí, en un estrecho desfiladero, un poco más allá del sitio llamado Llanura del Olvido; y por cierto que es la parte más peligrosa de estos contornos, pues si alguna vez los peregrinos sufren algún desastre, es precisamente cuando se olvidan de los favores que han recibido y de lo inmerecidos que son éstos. Otras varias personas también se han hallado allí en gran apuro; pero hablaremos con más extensión del lugar cuando lleguemos á él, porque estoy persuadido de que quedará hasta hoy algún rastro del combate, ó algún monumento para conmemorarlo.
MISER. Me siento tan bien en este valle como en otro cualquiera del camino; me parece que el sitio está en armonía con mi espíritu. Me es muy grato estar donde no se percibe ruido de coches ni de ruedas; aquí puede uno, sin molestia ni estorbo, reflexionar sobre lo que es, de dónde ha venido, lo que ha hecho, y aquello á lo que el Rey le ha llamado; aquí puede uno meditar, humillarse y cultivar la pobreza de espíritu hasta que sus ojos lleguen á ser como «las pesqueras de Hesbon». Los que andan debidamente por este valle de Baca lo convierten en fuente de aguas; la lluvia también, que Dios envía desde el cielo, llena los estanques. De este lugar el Rey dará á los suyos sus viñas, y los que andan por ahí cantarán, como lo hizo Cristiano, á pesar de su encuentro con Apollyón.
GRAN-COR. Es verdad; muchas veces he atravesado este valle, y en mi vida he estado mejor. He servido de guía á varios peregrinos, y ellos han sostenido lo mismo. «A aquél, pues, miraré, dice el Rey, que es pobre y humilde de espíritu, y que tiembla á mi palabra».
En esto llegaron ya al punto donde tuvo lugar el referido combate. Entonces dijo Gran-Corazón:
He aquí el sitio: en este puesto se mantuvo Cristiano, y de allí salió Apollyón á su encuentro. Y mira, Cristiana, estas piedras están manchadas todavía con sangre de tu marido; y aún podemos ver por acá y allá algunas astillas de los dardos rotos de Apollyón. Este terreno evidencia cuan fuertemente debían golpear el suelo, para afirmarse mejor el uno contra el otro, cuando con sus golpes fallidos hendieron é hicieron trizas las mismas piedras. En verdad que Cristiano se portó valerosamente, y mostró tanto arrojo como lo hubiera podido hacer el mismo Hércules. Cuando Apoliyón quedó vencido, refugióse en el próximo valle, que es el de Sombra de Muerte, al cual pronto llegaremos. Allá también se ve un monumento, en el que hay una inscripción conmemorando por siglos sin fin esta refriega, y la victoria que alcanzó Cristiano.
Los peregrinos dirigieron sus pasos al monumento que se levantaba en el camino mismo, y leyeron la inscripción, que decía textualmente:
Aquí tuvo lugar un gran combate,
Bien extraño, no obstante verdadero:
Cristiano y Apollyón, valientes ambos,
Provistos de sus armas se batieron.
Mas Cristiano luchó con tal destreza,
Que puso en fuga á su enemigo fiero;
Y en memoria del triunfo se levanta
Este noble, perenne monumento.
***


CAPITULO XII
Los peregrinos se hallan muy apurados en el Valle de Sombra-de Muerte; pero ayudados por el Todopoderoso salen sin lesión.-Sangrienta lucha entre Gran-Corazón y el gigante Aporreador,
que termina con la muerte de éste.
Habiendo pasado este sitio, llegaron á la entrada del ralle de Sombra-de Muerte. Este valle era más largo que el otro; en él abundaban peligros espantosos como muchos pueden testificar; pero nuestros viajeros consiguieron atravesarlo mejor que hubiera sucedido á no tener la luz del día y la presencia y apoyo de su guía.
Al internarse en el valle, les pareció oír gemidos como de hombres en las agonías de la muerte, voces lastimeras en extremo, á la par que lamentos como de personas que sufren tormentos excesivos. Estos ruidos hicieron temblar a los muchachos, y palidecer y estremecerse á las mujeres.
Animados, sin embargo, por el guía, avanzaron hasta llegar á un lugar donde sintieron que la tierra temblaba debajo de sus pies como si hubiese un hueco; oyeron también unos silbidos como de serpientes, pero nada todavía se les ofreció á la vista.
—¿Aún no hemos llegado al fin de este horrible lugar? preguntaron los muchachos.
Pero Gran-Corazón les exhortó á que tuviesen ánimo, y que mirasen bien dónde ponían sus pies para no caer en algún lazo.
El pequeño Jaime sintióse enfermo; pero, al parecer, la causa principal de su indisposición era el miedo que tenía. Su madre le dio un trago del licor que le había proporcionado en casa de Intérprete y algo del remedio que el señor Experto había preparado, y el niño se repuso algún tanto. Así siguieron valle adentro hasta llegar á la mitad, cuando Cristiana exclamó:
Paréceme que veo algo en el camino, delante de nosotros, una cosa fea y deforme cual nunca he visto.
Interrogada por José, no supo dar otra razón sino que se acercaba rápidamente á ellos.
Biendijo Gran-Corazón; los que sientan más miedo aproxímense á mí.
El ente infernal se acercaba, y el guía avanzaba hacia él; pero he aquí que, cuando faltaba poco para encontrarse, de repente desvanecióse el enemigo. Entonces se acordaron de lo que anteriormente se les había dicho: «Resistid al diablo, y de vosotros huirá».
Después de este suceso continuaron el camino algo más animados; pero al poco trecho, Misericordia, echando una mirada hacia atrás, parecióle ver un león que venía corriendo detrás de ella. La fiera daba rugidos aterradores, que repetía el eco por todo el valle, aterrorizando á todos menos al guía. Al ver que los alcanzaba, Gran-Corazón se colocó entre la fiera y los viajeros, disponiéndose para resistirla; pero cuando el león vio que se había determinado á oponerle denodada resistencia, se retiró y cesó de molestarlos.
Continuando su marcha, precedidos del guía, llegaron al punto donde el camino era atravesado por un foso, y antes de que pudieran tomar las medidas necesarias para esquivarlo, viéronse envueltos por la oscuridad de una densa niebla. Los peregrinos creíanse perdidos.
—¿Qué haremos lora? exclamaron; pero el guía calmó su angustia, diciendo:No temáis; paraos, y veréis que esta dificultad también desaparece. Detuviéronse inmóviles, y en esta situación oyeron más distintamente el ruido de sus enemigos infernales, que parecían correr de una á otra parte, y distinguieron con más claridad las llamas y humareda del Abismo. Entonces dijo Cristiana á Misericordia: Ahora veo porqué horrores tuvo que pasar mi marido. Mucho he oído hablar de este lugar, pero no sabía lo que era. El pobre pasó por aquí solo y en la oscuridad de la noche, mientras estos demonios rugían alrededor de él como si quisieran despedazarle. Muchos han hablado del Valle de Sombra-de-Muerte, pero nadie puede saber lo que es hasta encontrarse en él. «El corazón conoce la amargura de su alma, extraño no se


entrometerá en su alegría». Es terrible estar aquí.
GRAN-COR Esto es como hacer negocio en las muchas rúas ó bajar al profundo; es como estar en el corazón de la mar ó descender á los fundamentos de las montañas: ahora nos parece que la tierra, con sus cerrojos y barras, los tiene encerrados para siempre. Pero «que los que andan en tinieblas y carecen de luz confíen en el nombre del Señor, y apóyense en su Dios». Por mi parte, como ya he dicho, muchas veces he atravesado este valle, y he encontrado mayores peligros que los actuales; sin embargo, me veis todavía con vida. No quisiera vanagloriarme, porque no soy mi propio salvador, pero confío que se nos enviará pronto socorro. Vamos, pidamos luz á Aquel que puede alumbrar nuestras tinieblas, que es poderoso para reprender, no á estos demonios solamente, sino también á todos los que se hallan en los antros del infierno.
En seguida alzaron la voz en demanda de socorro, y Dios atendió su oración enviándoles luz, por medio de la cual vieron que ya no había lodo ni obstáculo alguno. Mas no estaban por eso al fin del valle, y tuvieron que seguir en medio de hedores fétidos y asquerosos que les molestaban en alto grado. No es tan agradable estar aquí dijo Misericordia á Cristianacomo en la portezuela, ó encasa de Intérprete, ó en el palacio de que acabamos de salir.
Pero dijo uno de los muchachos,en cambio, no es tan desagradable atravesar este lugar como lo sería permanecer siempre en él; y se me figura que uno de los motivos por que nuestro camino nos conduce por ahí, es para que la casa celestial que nos está preparada parezca más deleitosa por el contraste que forma con este valle.
GRAN-COR. Bien dicho, Samuel; has hablado como un hombre sesudo.
SAMUEL. Si salgo de aquí, apreciaré la luz y un buen camino más de lo que en mi vida lo he hecho.
GRAN-COR. No tardaremos mucho en salir.
JOSÉ. ¿Y todavía no se puede ver el fin de este valle?
GRAN-COR. Mirad bien dónde colocáis vuestros pies, porque ahora llegamos adonde hay lazos y redes.

Avanzaron con cuidado; pero los cepos y lazos les molestaron mucho. En esta parte del camino descubrieron en una zanja, al lado izquierdo, el cadáver de un hombre con las carnes ¡desgarradas.
Aquelles explicó el guía es un tal Descuidado, que llevaba el mismo camino que nosotros, pero hace mucho tiempo que yace allí. Cuando fue cogido y perdió la vida, acompañaba a un tal Cauteloso, que escapó de las manos de sus acechadores. No podéis imaginaros cuántos se pierden por aquí, y sin embargo, los hombres son tan locos y atrevidos, que emprenden ligeramente la peregrinación, y piensan pasarse sin guía. ¡Pobre Cristiano! Fue un prodigio que se librase de estos peligros; pero era muy amado de Dios, y también poseía un corazón sincero y valiente; de otro modo, nunca hubiera salido ileso.
Aproximábanse los viajeros á la salida del valle, y al lugar donde Cristiano había visto la cueva de Papa y Pagano, les salió al encuentro un gigante, llamado Aporreador, el cual sobía seducir á los jóvenes peregrinos con sus sofisterías. Llamando por su nombre á Gran-Corazón, le dijo:
—¿Cuántas veces se te ha prohibido hacer esto?
GRAN-COR. ¿A qué te refieres?
APOR. ¿A qué? Ya sabes lo que quiero decir; pero pronto acabaré yo con tu tráfico.
GRAN-COR. Pero antes de batirnos, entendámonos sobre los motivos de nuestra querella.
Durante este diálogo los peregrinos temblaban, no sabiendo qué hacer. El gigante continuó:
Robas el país, y tus robos son de los más incalificables.
GRAN-COR. Esto no es sino una acusación general; vengamos á hechos concretos.


APOR. Traficas en carne humana; recoges á mujeres y niños, los llevas á un país extranjero, con gran detrimento y quebranto del reino de mi Señor.
GRAN-COR. Soy siervo del Dios del cielo; mi ocupación, es la de persuadir á los hombres á que se arrepientan: se me ha confiado el encargo de hacer lo posible por que hom-bres, mujeres y niños «se conviertan de las tinieblas á la luz, y de la potestad de Satanás á Dios;», y si éste es el motivo de la pendencia, trabemos la lucha cuando quieras.
El gigante avanzó entonces, armado de una gran porra, y Gran-Corazón fue á su encuentro, desenvainando en el acto su espada. Sin más palabras principió el combate, y al primer garrotazo de su contrario, Gran-Corazón cayó sobre una de sus rodillas. Al ver este contratiempo, los niños y mujeres profirieron gritos de angustia; pero el guía, recobrándose, acometió á su adversario con tantos bríos, que le hirió en un brazo. De este modo lucharon, por espacio de una hora, llegando á fatigarse hasta tal extremo, que el aliento salía de las narices del gigante como vapor de una caldera hirviente.
Diéronse tregua por un breve intervalo, y sentóse el gigante á descansar, mientras Gran-Corazón se entregó á la oración. Los peregrinos no cesaron de lanzar suspiros y llorar durante todo el tiempo que duró el combate.
Repuestas un poco sus fuerzas, volvieron los combatientes a la lucha. Gran-Corazón, de un golpe certero, hizo al gigante morder el polvo.
Altoexclamó éste; déjame levantar. Gran Corazón, en cumplimiento de las leyes de honor, le dejó ponerse otra vez en pie, y renovóse la furiosa lid. Con un fuerte garrotazo, Aporreador por poco rompe á Gran-Corazón el cráneo, en vista de lo cual, éste, encendido en espíritu, se abalanzó sobre su adversario, y logró darle una estocada debajo de la quinta costilla. El gigante, desfallecido, no podía empuñar su porra, y Gran Corazón, con otro golpe le cortó la cabeza.
Grande fue el regocijo de los peregrinos al ver muerto á su enemigo; y Gran Corazón, no menos contento, dio humildemente gracias á Dios por la victoria que le había proporcionado. Cumplido este deber, levantaron entre todos una columna, sobre la que fijaron la cabeza del gigante, poniendo debajo el siguiente letrero, que los transeúntes pudieran leer claramente.
Esta fue la cabeza de un gigante.
Que á todo peregrino molestaba,
Para que no siguieran adelante,
Y todo el mal posible les causaba.
Mas yo, Gran-Corazón, siempre anhelante
De guiarlos, cual Cristo me ordenaba,
Luché con él y le dejé vencido,
Destruyendo adversario tan temido.
CAPÍTULO XIII
Se encuentran los peregrinos con- Integridad, quien les hace agradable y provechosa compañía. Conversación sobre las dificultades y femares de Receloso, y su triunfante fin.
A poca distancia del lugar donde había ocurrido el referido combate, había una altura levantada, con el objeto que desde ella los peregrinos pudiesen disfrutar de un panorama más extenso. Desde dicha altura fue donde Cristiano vio por primera vez á su hermano Fiel. Llegados allí nuestros viajeros, se sentaron para descansar y reparar sus fuerzas con un ligero refrigerio, reinando entre ellos mucha alegría por verse libres de tan formidable enemigo.
Mientras comían, Cristiana preguntó al guía si no había recibido daño en la refriega.
GRAN-COR. Nada, sólo unas ligeras heridas en la carne, y éstas, lejos de dañarme, sirven al presente como prueba de mi amor hacia mi Señor y á vosotros, y luego servirán, por la gracia de Dios, para aumento de mi galardón.
CRIST. ¿Pero no sentiste miedo cuando le viste salir con su garrote?
GRAN-COR. Es mi deber desconfiar de mi propia habilidad y fuerzas, á fin de que ponga mi confianza en Aquel «Que es más poderoso que todos nosotros».
CRIST. ¿Qué pensaste cuando te derribó al primer golpe?
GRAN-COR. Me acordé de que así fue tratado mi Señor mismo, y no obstante, fue Él


quien al fin llevó la victoria.
MATEO. Piensen otros lo que quieran, por mi parte considero que Dios ha mostrado maravillosa bondad con nosotros sacándonos del valle y librándonos de la mano de este enemigo. Me parece que ya no debemos desconfiar mas de Dios, en vista de la admirable prueba de su amor que acaba de darnos en un lugar como éste.
Después de esto marcharon adelante. Al poco trecho, debajo de un roble, dieron con un anciano peregrino, entregado á un profundo sueño. Supieron que era peregrino por sus vestidos, su bordón y su cinturón.
Despertado por el guía, el hombre alzó la vista, y preguntó azorado:
—¿Qué pasa? ¿Quiénes sois y qué hacéis aquí?
GRAN-COR. No te asustes, hombre; todos somos amigos.
Esto no obstante, el anciano se levantó y púsose sobre sí, hasta saber con más seguridad quiénes eran. Entonces, añadió Gran-Corazón:Me llamo Gran-Corazón; soy conductor de estos peregrinos que se dirigen al país celestial.
Os pido que dispenséis mi recelo y desconfianzadijo el peregrino, que se llamaba Integridad; temía que pertenecieseis á la cuadrilla que robó, hace poco tiempo, á Poca-Fe; pero ahora que os miro con más detención, veo que sois personas honradas.
GRAN-COR. ¿Y qué hubieras podido hacer para defenderte, si en efecto hubiésemos sido salteadores de caminos?
INTEG. ¿Que habría hecho? Hubiera luchado con todo mi aliento, y haciéndolo así, estoy seguro que nunca me habríais vencido. Un cristiano no puede ser vencido, á no ser que se rinda él mismo.
GRAN-COR. ¡Bravo, amigo! Has dicho la verdad; veo que eres moneda de buena ley.
INTEG. Y yo también veo que sabes lo que es la verdadera vida de peregrinación, pues todos los demás se figuran que somos los primeros en ser vencidos.
GRAN-COR. Ya que tan felizmente nos hemos encontrado, te ruego me digas tu nombre y el de tu pueblo nativo.
INTEG. Por lo que respecta á mi nombre, no puedo satisfacerte; en cuanto A mi procedencia, vengo del pueblo de Estupidez, que se halla muchas leguas más allá de la ciudad de Destrucción.
GRAN-COR. ¡Ah! ¿Conque eres tú, eh? Me parece que ya adivino tu nombre; te llamas Integridad, ¿no es verdad?
El anciano se sonrojó. Integridad en abstracto, no dijo:sin embargo, así me llaman, y quisiera que mi carácter correspondiese á mi nombre. Pero, ¿cómo has podido adivinar que soy tal hombre, puesto que vengo de un tal lugar?
GRAN-COR. Ya había oído hablar de ti á mi Señor, quien sabe todo cuanto pasa en la tierra; pero más de cuatro veces me ha extrañado el que me saliera alguien de tu pueblo, porque es peor aún que la misma ciudad de Destrucción.
INTEG. Sí; vivimos más apartados de las influencias directas del sol, y, por consecuencia, somos más fríos y estúpidos; pero aun cuando un hombre se encontrara en una montaña de hielo, si el Sol de Justicia resplandeciera sobre él, su helado corazón se derretiría; así pasó conmigo.
GRAN-COR. Lo creo, padre Integridad, lo creo; pues sé que es verdad.
Entonces el anciano saludó á los peregrinos con el ósculo santo de caridad, y les preguntó cómo se llamaban y lo habían pasado desde que emprendieron su viaje.
CRIST. Mi nombre, sin duda, no te será desconocido; el buen Cristiano era mi esposo, y estos cuatro muchachos son sus hijos.
¡Qué arrebato de alegría tuvo el bueno de Integridad oír esto! Dio brincos como un joven, sonrióse y los bendijo con mil deseos para su prosperidad, diciendo: Mucho he oído hablar de tu marido, de su viaje y de las luchas que sostuvo durante su vida. Dígase para tu consuelo que su fama ha cundido por todas partes: su fe, su valor, su paciencia en los


sufrimientos y su sinceridad en todo han hecho célebre su nombre. Enterado de los nombres de sus muchachos, díjoles: Mateo, sigue á Mateo el publicano, o ciertamente en et vicio, pero sí en la virtud. Samuel, como Samuel el profeta, hombre de fe y de oración. José, como José en casa de Potifar, sé casto y huye de la tentación. Y tú, Jaime, imita la conducta de Jacobo en esto y Jacobo el hermano de] Señor. Cuando luego le hablaron de Misericordia, y de cómo se había separado de su pueblo y de sus parientes para acompañar á Cristiana y á sus hijos, añadió: Misericordia es tu nombre, y por la misericordia serás sostenida y conducida al través de todas las dificultades que te asalten por el camino, hasta que llegues donde podrás mirar cara á cara á Aquel que es fuente de misericordia.
Mientras caminaban juntos, el guía, que había escúchalo con complacencia las palabras de su nuevo compañero de viaje, le preguntó si había conocido á un tal Receloso, que salió de la misma comarca para ir en peregrinación.
INTEG. Sí, muy bien le conocía. Era un hombre que tenía la raíz de la religión en su corazón, pero era el peregrino más molesto de cuantos he conocido.
GRAN-COR. Ya veo que le conocías, porque le has descrito perfectamente.
INTEG. ¡Conocerle! Fuimos compañeros íntimos por mucho tiempo, y estábamos juntos cuando por primera vez le asaltaron temores acerca del porvenir.
GRAN-COR. Y yo fui su guía desde la casa de mi amo hasta las puertas de la Ciudad Celestial.
INTEG. En ese caso sabrás cuan fastidioso era.
GRAN-COR. Es verdad, pero podía muy bien soportarlo todo, porque los de mi profesión tenemos muy á menudo el encargo de conducir personas de semejante índole.
INTEG. Cuéntanos algo de él; quisiéramos saber cómo se portó mientras estuvo en tu compañía.
GRAN-COR. Este sujeto siempre temía que no llegaría adonde deseaba ir. Todo cuanto oía decir, si tenía la menor apariencia de oposición, le asustaba. Dicen que cerca de un mes estuvo gimiendo y llorando á la orilla del Pantano de la Desconfianza; no se atrevía á aventurarse, por más que vio á varias personas atravesarlo, algunas de las cuales le ofrecieron la mano para ayudarle. Tampoco quería retroceder. Decía que moriría si no llegase á la Ciudad Celestial, y, sin embargo, se acordaba y abatía por cada dificultad que se presentaba, y tropezaba en cada paja que hallaba en su camino. Después de haber permanecido postrado mucho tiempo á la orilla del pantano, un día de sol se aventuró y consiguió atravesarlo sin saber cómo, y una vez que estuvo en la orilla opuesta, apenas podía creerlo. Tenía, me parece, un Pantano de Desconfianza en su mente: un pantano que llevaba consigo por todas partes: de otro modo, nunca hubiera sido lo que era. Llegó á la puerta que como sabéis, está al principio de este camino, y allí también aguardó mucho tiempo sin osar llamar. Cuando la puerta se abría se retiraba, cediendo su lugar á otros, pues decía que no era digno de entrar. Así es que, si bien llegó antes que algunos, muchos entraron primero que él. Allí se quedaba temblando y encogiéndose, daba lástima verlo; pero no quería volver atrás. Al fin cogió la aldaba y dio un par de golpecitos; franqueáronle la puerta en seguida, pero él se retiró como antes. Entonces salió el portero, y díjole: Tú tiemblas, ¿qué quieres?Receloso, al oír esto, cayó en tierra. El portero se maravilló al verlo tan apocado de ánimo y le alentó diciendo: La paz sea contigo; levántate, eres bendecido. Con esto se levantó y entró temblando, y aún después de estar dentro se avergonzaba de enseñar su rostro. Pues bien; después de haber sido obsequiado allí algún tiempo de la manera que ya sabéis, le dijeron que prosiguiera su camino y se le indicó la senda que había
tomar. Así anduvo hasta llegar á nuestra casa; pero así se había portado fuera de la portezuela, así lo hizo á la puerta de mi Señor el Intérprete. Se quedó fuera al frío mucho tiempo antes de que cobrase valor para llamar, quería volver, y precisamente entonces las noches eran más y más frías. Llevaba en su seno una carta urgente, dirigida a mi Señor, encareciéndole que lo recibiese y agasajase, también le proporcionase un fuerte y valiente


guía, por tanto él mismo era tan medroso; y, sin embargo de todo, temía llamar á la puerta. Así, pues, estuvo el pobre vagando alrededor de la casa, hasta que se halló casi muerto de hambre. Tan profundo era su estado de abatimiento, que no podía decidirse A llamar, aunque vio algunos que con pedir la entrada eran admitidos. Por fin, mirando yo por una ventana, y viendo á un hombre que vagaba cerca de la puerta, salí y pregúntele quién era; pero, ¡pobre hombre!, sus ojos se arrasaban en lágrimas, y por eso adiviné lo que deseaba. Entré, por lo tanto, lo manifesté en casa y fuimos á participarlo á nuestro Señor. Este me envió de nuevo á suplicarle que entrase, y bastante trabajo me costó. Al fin y al cabo, accedió á mis súplicas y entró; y dicho sea en honor de mi Señor, éste le trató con un cariño y atención maravillosos. Pocos bocados delicados había sobre la mesa sin que se depositase parte sobre su plato. Entonces presentó la carta, y mi Señor, habiéndola mirado, dijo que se atendería á sus deseos. Después de algún tiempo dé estar allí, parecía que nuestro hombre cobró más ánimo y sintióse más cómodo, pues ha de saberse que mi amo es muy tierno y compasivo, especialmente con los que son temerosos; de consiguiente, le trató del modo que mejor contribuía á infundirle confianza.
Cuando hubo visto las curiosidades de la casa y estaba para continuar su viaje, mi amo le dio, como antes á Cristiano, una botella de licor y algunas cosas apetitosas para comer. Emprendimos la marcha, viniendo él detrás de mí; pero era hombre de pocas palabras, y tenía la costumbre de lanzar fuertes suspiros. Cuando llegamos á la horca de que estaban colgados aquellos tres pillos, dijo que temía no le alcanzase la misma suerte. En cambio, se alegró mu-cho al ver la cruz y el sepulcro; quiso quedarse allí un rato para contemplarlos, y por algún tiempo después pareció algo animoso. Al llegar al collado Dificultad, no vaciló en subirlo, ni mostró mucho miedo de los leones. Su inquietud no era motivada por estas cosas; lo que le infundía miedo era la duda que tenía de si sería aceptado al terminar su viaje. Le hice entrar en el palacio Hermoso antes de lo que hubiera querido, y una vez dentro, le presenté á las doncellas de la casa; pero sentía demasiado temor para disfrutar su compañía. Su anhelo era estar solo, aunque le gustan las pías conversaciones, y á menudo se ocultaba detrás de la mampara para escucharlos. Mucho le agradaba también ver las cosas antiguas y meditar en ellas. Más tarde dijo que había hallado especial placer en estar en las otras dos casas, es decir, en la de la portezuela y la de Interprete, pero que no se había atrevido á preguntar nada.
Salimos del palacio Hermoso y bajamos por la cuesta al valle de Humillación; jamás he visto un hombre bajarla mejor; no le importaba cuan humilde fuese, con tal que pudiese alcanzar al fin la bienaventuranza. Me parece que había una especie de simpatía entre él y aquel valle, porque en toda su peregrinación nunca le vi más contento y feliz que allí. Se tendía en el suelo, abrazaba la tierra y aún besaba las flores que crecían en el valle. Se levantaba cada mañana al rayar el alba, y se paseaba por aquellos contornos.
Pero cuando llegamos á la entrada del valle de Sombra: Muerte, temí perderlo, no porque tuviese inclinación á retroceder; eso lo aborrecía siempre, pero estaba como para morir de miedo. «¡Oh, los fantasmas me cogerán! ¡Seré preso por los demonios!» exclamaba atemorizado; y yo no podía hacerle creer lo contrario. Allí lanzó tantos gritos, le temí que sus alaridos fuesen causa de algún ataque, pero una cosa me llamó mucho la atención, y fue que ni antes ni después he visto el valle tan tranquilo como en aquella ocasión. Supongo que los enemigos se hallaban entonces refrenados por mandato especial del Señor, quien les había prohibido hacer de las suyas hasta que Receloso hubiera atravesado.
Sería demasiado cansado contároslo todo; por eso me concretaré á un par de incidentes más. Al llegar á la Feria de Vanidad, pensaba yo que se hubiera batido con todos los feriantes. Temía que nos matasen á garrotazos, tan colérico se puso contra sus locuras. En Tierra-Encantada también se mostró muy cauteloso y vigilante. Pero cuando llegó al río donde no había puente, estuvo de nuevo sumamente abatido. «Ahoradijo pereceré ahogado, y nunca podré gozar de la vista de aquel rostro por el que tantas leguas he viajado.»


Allí también llamóme la atención una cosa notable: el agua del río estaba al más bajo nivel que jamás la he visto, de modo que al fin lo atravesó poco menos que en seco. Mientras subía hacia la puerta de la ciudad, comencé á despedirme de él, deseándole un feliz recibimiento.
Sí que lo tendré, no cabe dudaexclamó; y con esto nos separamos, y no lo volví á ver.
INTEG. Así parece que al fin salió bien.
GRAN-COR. Sí, nunca lo dudé yo; era hombre de un espíritu hermoso, sólo que siempre estaba muy abatido, y eso hacía que su vida fuese una pesada carga á él mismo y molesta á los demás. Sobre todo, tenía la conciencia muy tierna. Temía hasta tal extremo perjudicar á otros, que con frecuencia se privaba de lo que era lícito por no hacerles tropezar.
INTEG. Pero ¿cuál puede ser la razón por que un hombre tan bueno estuviera tanto en tinieblas durante toda su vida?
GRAN-COR. Una de las razones de esto es que el Dios todo sabio lo quiere así; algunos tañen y otros endechan.
El señor Receloso era uno que tocaba siempre el bajo, correspondiéndole, como á los demás de su carácter, los instrumentos de notas más lúgubres, aunque por cierto, dicen unos que el bajo es el fundamento de la música. Por mi parte, no doy un bledo por aquella profesión de piedad que empiece con la aflicción de espíritu. Las primeras notas toca el músico, cuando quiere afinar un instrumento, y las del bajo: así también Dios, cuando afina para sí el alma de una persona, toca primero esta cuerda. La imperfección de Receloso consistía en que no supo producir otros sonidos musicales hasta estar ya cerca de su fin. (Hablo en este estilo metafórico para contribuir al desarrollo del ingenio de mis jóvenes lectores, y porque en el libro del Apocalipsis se compara á los redimidos á una compañía de músicos que, acompañándose con sus trompetas y arpas, entonan sus cánticos delante del trono de Dios.
INTEG. De lo que nos has relatado se desprende que era celoso un hombre lleno de celo; no temía en lo más mino las dificultades, los leones, ni la feria de Vanidad; lo que le infundía terror era el pecado, la muerte y el infierno, porque abrigaba algunas dudas acerca del derecho que tenía al país celestial.
GRAN-COR. Tienes razón. Estas eran las cosas que le molestaban, y procedían, como bien has dicho, no de ninguna debilidad de espíritu con respecto á la parte práctica de vida de peregrinación, sino de la flaqueza de su ánimo acerca de aquéllas; pudiéndose asegurar que ningún obstáculo físico hubiera podido desviarlo de su camino; pero ninguno ha podido sacudir con facilidad los temores sentidos por Receloso.
CRIST. Este relato acerca de Receloso me ha sido de gran utilidad, pues creía que no había habido nadie tan afligido como yo; pero veo que las aflicciones sentidas por ese buen hombre tienen alguna semejanza con las mías: sólo nos diferenciamos en dos cosas: sus penas eran tan graves, que se declararon; pero las mías las guardé escondidas en el corazón. Las suyas también le gravaron, hasta el punto de impedirle llamar á las casas preparadas para nuestro hospedaje; pero las mías eran tales, que me obligaron á llamar con más fuerza.
MISER. Para descargo de mi corazón, debo manifestar que he sentido algo del mismo espíritu que animaba á Receloso; porque siempre he temido más el infierno y la pérdida de un lugar en el Paraíso, que la pérdida de otras cosas.—¡Oh!discurría ¡qué no haría yo para alcanzar la felicidad de poseer una morada allí, aunque para lograrla tuviese que sacrificar lo que más aprecio en este mundo!
MATEO. El temor era la única cosa que me hacía creer que distaba mucho de poseer en mi interior lo que acompaña la salvación; pero si todo esto pasó á un hombre tan bueno como él, ¿por qué no esperar que al fin yo también triunfaré del todo?
JAIME. Sin temor no habrá gracia. Aunque no hay siempre gracia donde existe temor al infierno, es cierto que donde no existe el temor de Dios tampoco existe la gracia.
GRAN-COR. Bien dicho, Jaime; has dado en el blanco: «El temor de Dios es el


principio de la sabiduría»; y por cierto, los que no tienen el principio carecen también del medio y del fin. ¡Ojalá que otras muchas personas se asemejasen más con respecto á esto á nuestro amigo Receloso.
***
CAPÍTULO XIV
Ocúpanse de terco los peregrinos en su conversación. Llegan á la posada de Gayo. Cariñoso recibimiento que allí se les hizo.
Con las palabras antes citadas, Gran-Corazón puso término á su plática sobre Receloso, pero no por eso decayó la conversación. Integridad en seguida empezó á hablar de otro que se llamaba Terco.
Estedijo el anciano aparentaba ser peregrino, pero estoy persuadido de que nunca entró por la portezuela.
GRAN-COR. ¿Le hablaste alguna vez sobre el particular.
INTEG. Sí, más de dos veces; pero su carácter cuadraba con su nombre: era siempre voluntarioso. No hacía caso ni de personas, ni de argumentos, ni de ejemplos; hacía lo que se le antojaba, y ninguna persuasión podía con él.
GRAN-COR. Sin duda sabrás y podrás decirnos por que principios se regía.
INTEG. Mantenía que uno puede imitar los vicios lo mismo que las virtudes de los peregrinos, y que haciendo así has cosas, de seguro se salvaría.
GRAN-COR. ¡Cómo! Si hubiera dicho que es posible que los mejores sean culpables de los vicios, á la par que puedan participar de las virtudes de los peregrinos, no podríamos contradecirle, porque no estamos absolutamente exentos de ningún vicio, sino en cuanto velemos y resistamos Pero veo que no es esto lo que quería decir; si te he comprendido bien, ese sujeto mantenía que era lícito hacerlo.
INTEG. Justo; así lo creía y así lo practicaba.
GRAN-COR. Pero ¿qué fundamento tenía para semejante aserción?
INTEO. Decía que tenía en apoyo suyo las Sagradas Escrituras.
GRAN-COR. Te agradeceremos que nos cuentes algún detalle.
INTEG Con todo mi corazón. Decía que el tener trato con las mujeres de otros hombres había sido practicado por David, el amado de Dios, y, por consiguiente, él podía hacerlo; que el tener pluralidad de esposas era lo que Salomón había practicado; luego él podía seguir su ejemplo; que Sara, las piadosas comadronas de Egipto, y Rahab, que fue salvada cuando la toma de Jericó, mintieron, y él tiene derecho á hacer lo mismo; que los discípulos fueron por orden de su Señor á robar un asno, lo cual le daba á él licencia para hurtar; que Jacob logró de su padre la herencia por medio de fraude y disimulo, y que él, por consecuencia podía seguir con impunidad el camino del engaño.
GRAN-COR. ¡Ruin y miserable! ¿Y estás seguro que sostenía tales opiniones?
INTEG. Le he oído abogar en defensa de ellas, alega argumentos para probarlas, y citar las Escrituras en apoyo de ellas.
GRAN-COR. Tal opinión no es digna de crédito alguno.
INTEG. Entiéndelo bien: no decía que todo hombre pudiese hacer esto, pero sí que las personas que poseyesen las virtudes de los que practicaban tales cosas tenían licencia para hacer lo mismo.
GRAN-COR. Pero ¡qué conclusión tan falsa! Esto es lo mismo que si dijera que, puesto que algunas buenas personas en tiempo pasado han pecado por causa de sus debilidades, él tenía por eso derecho á hacer lo mismo A sabiendas y presuntuosamente; ó porque una criatura, empujada por una ráfaga de viento, ó por haber dado con una piedra, cayó

y se manchó con el barro, él podía de propósito echarse en el cieno y revolcarse en él como un jabalí, quién hubiera creído que uno pudiese estar tan obcecado por la concupiscencia? Es verdad lo que está escrito: «Tropezaron en la palabra, siendo desobedientes: para lo cual fueron también ordenados».
Suponer que los que se entregan de intento; a los vicios que han caracterizado á algunos hombres piadosos, pueden poseer sus virtudes, es también una equivocación grande como la otra. Es como si un perro dijera: Tengo o puedo tener las cualidades del niño, porque devoro asquerosos excrementos. Cometer con premeditación pecados del pueblo de Dios, no es seña de que uno posee sus virtudes; ni puedo creer que una persona que niegue tal opinión pueda tener fe en Dios ó amor hacia El, yo sé que refutaste sus ideas con algunas razones poderosas, ¿Que dijo en defensa suya?
ÍNTEG. Alegó que parece mucho más honroso hacer como resultado de creencias, que hacerlo á pesar de opiniones contrarias.
GRAN-COR. Este razonamiento es perverso en extremo, aunque es malo dar rienda suelta á las pasiones y concupiscencia, mientras las opiniones lo reprueban, el pecar y alegar licencia para ello es peor. Lo primero hace tropezar á los demás inopinadamente, mientras lo segundo conduce, á fuerza de argumentos, á la trampa que les está armada.
INTEG. Hay muchos que son del mismo parecer que ese malvado, pero no tienen la misma desvergüenza en manifestarlo, y esto es lo que desacredita tanto la vida de peregrinación.
GRAN-COR. Desgraciadamente, es verdad; pero quien teme al Rey del Paraíso, saldrá de en medio de ellos.
CRIST. Por el mundo corren opiniones harto extrañas. Conocí á uno que decía que habría tiempo para arrepentirnos cuando llegara la hora de la muerte.
GRAN-COR. Tales personas no son debidamente sabias. Si á aquel hombre se le hubiese concedido el plazo de una semana para correr siete leguas para salvar su vida, no hubiera querido aplazar la carrera toda hasta la última hora de la semana.
INTEG. Perfectamente: no obstante, la mayor parte de los que se titulan peregrinos, en verdad obran así. Soy anciano, como podéis ver: hace mucho tiempo que sigo este camino, y he reparado en muchas cosas.
He visto A algunos salir con tantos bríos, que al parecer nada podría sostenerse delante de ellos, y, sin embargo, a los pocos días han quedado muertos como los Israelitas en el desierto, y así nunca han visto la tierra de promisión.
Otros he visto que al principio no prometían nada, y uno hubiera creído que no perseverarían un solo día, pero al fin y al cabo han llegado á ser buenos y fieles peregrinos. He visto á algunos que echaron á correr apresuradamente hacia la vida, y que después de un rato volvieron atrás con la misma precipitación.
He conocido á algunos que de buenas á primeras hablaban muy bien de la vida de peregrinación, y al poco tiempo, no han podido hablar peor de ella.
He oído á algunos, al emprender su viaje hacia el Paraíso, afirmar positivamente que tal lugar existe, y los mismos, cuando ya les faltaba poco para alcanzarlo, han regresado negando su existencia.
A otros les he oído hacer alarde de lo que harían, caso encontrar oposición, y, sin embargo, por una falsa alarma han dado al traste con su fe, con la vida de peregrino y todo.
Mientras así hablaban nuestros peregrinos, vino uno corriendo á su encuentro, y gritando:
Señores, si aprecian ustedes sus vidas, pónganse en a salvo que los ladrones están delante.
Serán los tres que en otra ocasión asaltaron á Poca-Fe dijo el guía;pero que vengan, ya estamos preparados
Y continuaron su camino, mirando á todas partes por si acaso diesen con aquellos

bribones; pero sea que oyeron hablar de Gran-Corazón, sea que estaban en busca de presa, no molestaron á los viajeros con su presencia. En este punto Cristiana manifestó deseos de encontrar posada para ella y sus hijos, porque se sentían fatigados.
Hay una un poco más adelantedijo Integridad, donde mora un discípulo honrado, llamado Gayo. A esta noticia se decidieron todos a dirigirse allí, tanto más, cuanto el anciano hablaba también de ella. Llegados á la casa, entraron sin llamar, porque no suele llamarse a la puerta de una posada. Preguntaron por el patrón, y cuando éste pareció, preguntáronle si podían hospedarse allí aquella noche.
Sí, señoresrespondió Gayo, si sois personas rectas, mi casa solo sirve para albergue de peregrinos.
Alegráronse todavía más Cristiana, Misericordia y los muchachos, al saber que el posadero quería y respetaba á los peregrinos. Entonces pidieron habitaciones, y pronto se hallaron todos cómodamente alojados.
Luego preguntó el guía: Buen Gayo, ¿qué tienes para cenar? Estos peregrinos vienen de lejos y están cansados.
GAYO. Es tarde ya, de modo que no podemos salir á comprar; pero lo que tenemos en casa está á vuestra disposición, si esto os basta.
GRAN-COR. Estaremos contentos con lo que tienes en casa, porque sé, por experiencia propia, que nunca te falta lo que es conveniente.
Seguidamente bajó el posadero á dar órdenes al cocinero, que se llamaba Cata-lo-bueno, á que arreglase la cena para tantas personas. Hecho esto, subió de nuevo, y díjoles; Ahora, buenos amigos, bienvenidos seáis: y me alegro de tener casa que ofreceros. Si os place, mientras están preparando la cena, nos entretendremos con buena conversación. A una voz dieron los huéspedes á entender que estaban conformes.
GAYO. Esta matrona, ¿de quién es esposa?, y esta doncella, ¿de quién es hija?
GRAN-COR. La señora era esposa de un tal Cristiano, peregrino de otro tiempo: éstos son sus cuatros hijos. La moza es una de sus conocidas, á quien ha persuadido á que la acompañe. Los hijos siguen el ejemplo de su padre y anhelan perseverar en sus huellas; siempre que ven algún lugar donde el anciano peregrino se había acostado, o descubren alguna que otra de sus pisadas, se regocijan y sienten el anhelo de acostarse en el mismo lugar ó poner sus pies en la misma huella.
GAYO. ¡Esta es la esposa de Cristiano! ¡Y éstos son sus hijos! Pues conocía al padre de tu marido, y también á su abuelo. Muchos de esta estirpe han sido virtuosos; sus antepasados vivían primero en Antioquía. Los progenitores de Cristiano (no dudo que le hayas oído hablar de ellos) personas muy beneméritas. Estos, sobre cuantos he conocido, han descollado en virtud y valor, siendo fieles al Señor de los peregrinos, a sus veredas y á los que le amaban. He oído hablar de muchos de los parientes de tu marido que han soportado toda suerte de pruebas por amor de la verdad. Esteban, que era uno de los primeros de este linaje, fue apedreado; Jacobo, otro del mismo linaje, fue muerto á filo de espada; y por no decir nada de Pablo y Pedro, que también eran de esta ascendencia, hubo Ignacio, qué echado á los leones; Romano, cuya carne le fue cada arrancada poco á poco de sus huesos, y Policarpo, que se mantuvo valiente en medio de las llamas. Hubo uno que fue clocado en un serón y colgado al sol para ser devorado de las avispas, y otro que, encerrado en un saco, fue echado al mar, y ahogóse. Sería, para nunca acabar enumerar los que de aquella familia han padecido ultrajes y martirios por amor á la vida de peregrino. Ni puedo dejar de alegrarme al ver que tu marido ha dejado cuatro jóvenes como éstos. Espero que mantengan el honor del nombre de su padre, que seguirán sus pisadas y que alcanzarán el mismo fin que él.
GRAN-COR. Pues sí; son jóvenes que prometen mucho; que de corazón han decidido seguir á su padre.
GAYO. ¡Lo dicho, dicho! Por eso es probable que la familia de Cristiano se esparcirá sobre la haz de la tierra, y llegará á ser muy numerosa; por lo tanto conviene que Cristiana escoja

doncellas para sus hijos, á las que puedan ser desposados, «a fin de que el nombre de su padre y la casa de sus progenitores nunca sean olvidados en el mundo».
INTEG. Sería lástima que esta familia decayese y se extinguiese.
GAYO. Es imposible que perezca, pero podría amenguarse; que Cristiana tome mi consejo, y ese es el modo de sostenerla. Entonces, dirigiéndose á Cristiana el posadero, prosiguió: Me alegro de verte aquí con tu amiga Misericordia, hermosa pareja. Si se me permite aconsejarte estrecha más todavía tus relaciones con esta joven, y si ella consiente en ello, que sea desposada con Mateo, tu hijo mayor. Esta es la manera de conservar posteridad en la tierra.
El consejo de Gayo les cayó en gracia; efectuáronse los desposorios, y andando el tiempo, los jóvenes fueron unidos en matrimonio; pero de esto trataremos más adelante.
Ahora prosiguió Gayohablaré á favor de las mujeres para quitarles su oprobio. Así como la muerte y la maldición entraron en el mundo por medio de una mujer, así también la vida y salud. «Dios envió á su Hijo, hecho de mujer». Y aun más se demuestra, cuánto los que vinieron después de ella aborrecían el hecho de nuestra común madre, en que este sexo, en tiempo del Antiguo Testamento, deseaba tener hijos, por si acaso ésta ó aquélla pudiese ser madre del Salvador del mundo.
Cuando por fin vino el Salvador, las mujeres se regocijaron en Él antes que hombre ó ángel. No veo que hombre alguno haya dado á Cristo siquiera un maravedí; pero las mujeres le siguieron sirviéndole de sus haciendas. Fue mujer quien lavó sus pies con lágrimas, y una mujer también ungió su cuerpo anticipadamente para su entierro. Fueron mujeres las que lloraron cuando lo condujeron al suplicio, y mujeres las que le siguieron desde la cruz y se sentaron junto á su sepulcro cuando se le enterró. Las primeras que estuvieron con Él en la mañana de Resurrección fueron mujeres, y mujeres también las que primero llevaron a sus discípulos la noticia de que había resucitado. Las mujeres, por lo tanto, son altamente bendecidas, y se ve por estas cosas que participan con nosotros de la gracia de la vida.
Entretanto, el cocinero envió á decir que la cena estaba lista, y vino un criado para poner el mantel y arreglar la mesa.
La vista de este manteldijo Mateo y de estos preparativos de la cena me excitan el apetito.
GAYO. Así todas las doctrinas y ministros deben engendrar en ti en esta vida mas vivos deseos de participar de la del gran Rey en su reino; pues la predicación, los libros y demás no son sino el colocar sobre la mesa la vajilla, los preparativos de la comida, en comparación del que el Señor nos hará cuando lleguemos á su casa, enseguida se sirvió la cena en primer lugar se les puso delante una espaldilla, (como la que antiguamente se ofrecía en ofrenda á Dios) y un pecho (que les recordaba el pecho que se agitaba delante del Señor), dando á entender que debían dar principio á la comida con oración y alabanza, siguiendo el ejemplo de David, quien acostumbraba elevar su corazón á Dios y celebrar sus mercedes con el arpa. Estos dos platos eran frescos y buenos, y todos comieron bien de ellos.
Luego les trajeron una botella de vino, rojo como la sangre.
Podéis beber de esto sin reservadijo Gayo; es el jugo de la vid verdadera, el cual alegra á Dios y á los hombres.
Bebieron, pues, y regocijáronse.
Seguidamente presentaron un plato de leche con pan.
Que los muchachos tengan estodijo Gayo, para que por él crezcan en salud.
Después de esto se les trajo manteca y miel.
Comed liberalmente de estodijo el posadero; es bueno para animar y fortalecer vuestro juicio y discernimiento. Esta era la comida de nuestro Señor cuando niño: «Comerá manteca y miel, hasta que sepa desechar lo malo y escoger lo bueno.»
Al ver que traían un plato de fruta en sazón y de buen sabor, Mateo preguntó si era lícito comer de ella, pues fue con ella con lo que sedujo la serpiente á nuestra primera madre.

A lo cual contestó Gayo:
Con las manzanas fuimos engañados; Más la culpa, no el fruto, nos condena; Los frutos dañan, cuando son vedados; Comer lo no vedado, es cosa buena. Come, Iglesia, los frutos regalados, El vino bebe, que de gozo llena, Y si, enferma de amor, estás postrada, Pronto te sentirás corroborada.
MATEO. He manifestado mi escrúpulo, porque hace tiempo caí enfermo por haber comido fruta.
GAYO. Digo y repito que la fruta prohibida te hará mal, no la que nuestro Señor permite.
Mientras así hablaban, se les puso delante un plato de nueces. A la vista de estas, algunos dijeron.
La nueces echan á perder los dientes, especialmente los de los niños.
Gayo, oyendo la observación, disipó el recelo, diciendo:
El texto dificultoso, Es a la nuez parecido: La dura cáscara impide Llegar al fruto escondido; Pero se rompe la cáscara, Y ya puede ser comido.
Reinaba mucha expansión entre los huéspedes, y permanecieron largo rato á la mesa, entreteniéndose en agradables discursos.
Buen patrón dijo entonces el anciano Integridad, mientras estamos cascando nuestras nueces, veamos si descifrarás este enigma:
Un hombre aquien por loco se temía. Tanto más rico estaba Cuanto más repartía.
Esperaban todos con atención por ver cuál sería la respuesta de Gayo. Después de un momento de silencio, dijo:
Quien de sus bienes a los pobres da, De nuevo, y con aumento, lo tendrá.
José quedó admirado de que tan fácilmente lo hubiese acertar.
—¡Oh!dijo Gayo desde hace mucho tiempo he sido instruido en estas materias; nada enseña como la experiencia. De mi Señor he aprendido a ser benigno y generoso, y siempre he hallado que de este modo la ganancia ha sido de mi parte. «Hay unos que reparten, y les es añadido más; hay otros que son escasos más de lo que es justo, y vienen á la pobreza». «Hay algunos que se hacen ricos, y no tienen nada, y otros que se hacen pobres, y tienen muchas riquezas».
SAMUEL. (Al oído de su madre.) Madre, esta es la casa de un muy buen varón;

quedémonos aquí un buen espacio de tiempo, y que mi hermano Mateo se case con Misericor-dia antes de que vayamos más lejos.
De buena voluntad, hijo respondió Gayo, que había oído la conversación.
Pusiéronse, por lo tanto, de acuerdo, y permanecieron allí más de un mes, en cuyo intervalo se efectuó el enlace. Misericordia, durante este tiempo, no cejó en hacer, como era su costumbre, ropa y vestidos para los pobres, por cuyas prendas contribuyó á la buena reputación de que gozaban los peregrinos. Pero volvamos á nuestro relato.
Concluida la cena, los muchachos quisieron retirarse, sintiéndose muy fatigados del viaje. Así, pues, los condujeron al cuarto que les era destinado, y durmieron tranquilamente hasta la mañana. Pero los demás velaron toda la noche, porque posadero y huéspedes hallaban tanto placer en su mutua compañía, que no sabían cómo separarse. Después de mucha conversación acerca de su Señor, de sí mismos y de su viaje, el anciano Integridad comenzó á cabecear.
¡Cómo!dijo Gran-Corazón, ¿estás soñoliento? Vamos despabílate: aquí tienes un enigma.
INTEG. Oigámoslo,
Entonces dijo Gran-Corazón:
Debe ser antes vencido, Aquel que quiera vencer, Y morir dentro de casa Si vivo, fuera, ha de ser.
INTEG. Cierto que es un enigma difícil; difícil de explicar, aun más difícil de poner en práctica. Si quieres, señor, te lo Gayo, te lo dejaré; explícalo, y de buena gana te escucharé.
GAYO. No, que el enigma á ti ha sido propuesto, y de ti será la respuesta, entonces dijo Integridad:
Debe ser por la gracia vencido, Quien quisiere el pecado vencer; Y tendrá que morir a sí mismo, El que vida desee tener.
GAYO. Tienes razón; la buena doctrina y la experiencia enseñan esto. Porque, primero: hasta que se manifieste la gracia, y con su gloria venza el alma, es de poca utilidad resistir al pecado; además, como el pecado es la cuerda de Satanás con la que tienes ligada el alma, ¿como puede ésta oponerse antes de que sea librada de esta dolencia? Y segundo nadie que conozca ó la razón ó la gracia, creerá que el hombre que es esclavo de sus propias pasiones sea un monumento vivo de la gracia divina.
Y ahora que se me ocurre, os contaré una historia que merece la pena de ser escuchada. Dos hombres iban en peregrinación; el uno comenzó siendo aún joven, el otro cuando era anciano. El joven tuvo que sostener una lucha contra fuertes corrupciones; las pasiones del anciano estaban debilitadas por la decadencia de la naturaleza. El joven marchaba con paso tan firme y tan ligero como el viejo. ¿En cual de los dos resplandecería más claramente la gracia, siendo que ambos parecían iguales?
INTEG. En el joven, indudablemente, porque lo que hace frente a la más fuerte oposición, demuestra mejor que es el más fuerte, especialmente cuando corre parejas con aquello que no encuentra la mitad de la resistencia, como seguramente pasa con la vejez. Además, he notado que frecuentemente los ancianos se congratulan de una equivocación, es decir, que toman el decaimiento de la naturaleza por una conquista sobre sus corrupciones, y así se han engañado. Naturalmente, los ancianos que poseen la gracia divina, son los que

mejor pueden aconsejar á los jóvenes, porque han visto más la vanidad de las cosas. Sin embargo, cuando un anciano y un joven emprenden juntos el camino, éste tiene la ventaja del más hermoso descubrimiento de una obra de gracia en su alma, aunque las pasiones de aquél son más débiles.
***
CAPÍTULO XV
Buen Corazón capitanea una expedición contra el gigante Mata-lo bueno. Muerte del gigante y rescate de "flaca-Mente, en quien vemos lo que pueden la determinación y la constancia a despecho de flaquezas anormales. Encuentro con Próximo-á cojear, quien se une con los
demás peregrinos. La marcha reanudada.
La aurora halló á los peregrinos todavía entregados a las dulzuras de la conversación. Cuando la familia se había levantado, Cristiana dijo á su hijo Jaime que leyese un capítulo. El que escogió fue el 53 de Isaías. Acabada la lectura, Integridad preguntó por qué se decía que el Salvador «como raíz de tierra seca», y también qué quería decir la frase «no hay parecer en Él, ni hermosura».
GRAN-COR. A lo primero contesto que sería porque la iglesia de los Judíos de que descendía Jesús, había en entonces perdido casi toda la savia y espíritu de la religión, cuanto á lo segundo, las palabras son como pronuncia por los incrédulos, los que, faltándoles la vista espiritual con que mirar dentro del corazón de nuestro Príncipe juzgan de Él según lo desapacible de su apariencia exterior como los que, ignorando que las piedras preciosas se hallan cubiertas de una costra tosca, al dar con una y no sabiendo su valor, la tiran como si fuese una piedra ordinaria.
Ahora biendijo Gayo; ya que estáis aquí, y puesto que Gran-Corazón tiene mucha destreza en el uso de las armas, después de un pequeño refrigerio, si no tenéis inconveniente, saldremos al campo para ver si podemos hacer algún bien. Á cosa de una media legua de aquí, hay un gigante, llamado Mata-lo-bueno, que comete muchas maldades en este trozo del camino real, y sé dónde tiene su guarida. Es jefe de una cuadrilla de ladrones. Sería bueno si pudiéramos desembarazar esta comarca de él.
Consintieron en ello, y salieron, Gran-Corazón con su espada, yelmo y escudo, y los demás con lanzas y palos.
Encontraron al gigante con un tal Flaca-Mente entre sus manos, á quien sus subalternos había aprehendido por el camino y se lo habían traído. El gigante se ocupaba en despojarle de cuanto tenía, con el propósito de comérselo después, pues era de la raza de los antropófagos.
Viendo á Gran-Corazón y sus amigos á la boca de su caverna, les interpeló preguntando qué querían.
GRAN-COR. Es á ti á quien buscamos; venimos a vengar a los muchos peregrinos que has matado después de haberlos apartado del camino real; por tanto, sal de tu cueva.
El gigante armóse en el acto, y salió. Los dos se batieron durante una hora ó más, y entonces cesaron un rato para tomar nuevos alientos.
—¿Por qué vienes á mi territorio?gruñó el gigante.
GRAN-COR. Para vengar la sangre de los peregrinos, como ya te he dicho.
Reanudóse el combate, y el gigante hizo ceder un poco a Gran-Corazón; pero éste arremetió de nuevo, y con su acostumbrada valentía hizo llover tan fuertes golpes sobre la cabeza y costados de su adversario, que le obligó á soltar su arma; entonces, aprovechando la ventaja, le embistió de nuevo y matólo, cortándole la cabeza, la que se llevó á la posada. Tomó también á Flaca-Mente el peregrino, y llevólo consigo á su alojamiento. Al llegar á la casa,

enseñaron la cabeza del gigante á la familia, y luego la colgaron, como anteriormente habían hecho con otras, para escarmiento de cuantos en lo sucesivo intentaran hacer lo mismo.
Ya que estaba en salvo, interrogaron á Flaca-Mente para que dijese cómo había caído en tales manos.
Soy hombre enfermizo, como veisdijo, y como la muerte solía llamar cada día á mi puerta, pensé que nunca estaría bien en casa; por eso me di a la vida de peregrinación, y he venido acá desde el pueblo de Indecisión, del tal soy natural, lo mismo que mi padre. No tengo fuerzas de cuerpo ni de mente; pero aunque no puedo más que arrastrarme, quisiera pasar mi vida en esta carretera. Cuando llegué á la puerta que da entrada al camino, el señor de aquel lugar me trató con mucha liberalidad; tampoco puso reparos á mi apariencia achacosa ni á mi flaca-mente, sino que me facilitó lo necesario para mi viaje, y dijome que tuviese buen ánimo hasta el fin. También fui objeto de muchos obsequios en casa de Intérprete, y porque consideraban que el collado Dificultad era demasiado áspero para mí, uno de sus criados me subió á cuestas. He recibido mucha ayuda de parte de otros peregrinos, si bien ninguno consentía en andar tan lentamente como yo me veo obligado á viajar; no obstante, al alcanzarme se detenían para animarme, diciendo ser la voluntad del Señor que se diese consuelo á los de poco ánimo, y luego apretaban el paso. Seguí andando hasta llegar al camino del Asalto, y allí caí en manos de este gigante. Me dijo que me apercibiese para mi combate pero yo, ¡pobre de mí!, más bien tenía necesidad de un cordial. Entonces se apoderó de mí, pero yo estaba convencido de que no me mataría; más tarde también, cuando ya me tenía en su guarida, puesto que fui con él contra mi voluntad, abrigué la seguridad de que saldría con vida, porque he oído decir que ningún peregrino cautivado á la fuerza puede morir á manos del enemigo, con tal que mantenga un corazón recto hacia su Señor, lo cual es una de las leyes de la Providencia, Esperaba ser secuestrado, y efectivamente lo he sido; pero, como veis, he escapado con vida, y doy gracias á mi Rey como autor de mi rescate, y á vosotros como el medio de él. No creo yo que éste sea el último desastre que me ha de acontecer; pero A una cosa estoy resuelto, esto es, á correr mientras pueda; y cuando no pueda correr caminaré despacio; y cuando esto me sea imposible me arrastraré, pues en cuanto á lo esencial, gracias á Aquel que me ama, estoy decidido. Delante de mí se extiende mi camino, y aunque soy de flaca-mente, tengo la vista puesta en el país más allá del río que no tiene puente.
INTEG. ¿No conociste hace algún tiempo á cierto sujeto que se llamaba Receloso?
FLACA-MENTE. Sí que le conocí. Venía del pueblo de Estupidez, que se halla á muchas leguas al Norte de la ciudad de Destrucción y á otras tantas de mi pueblo nativo. A pesar de esto, éramos muy conocidos y parientes, por ser él, tío mío por parte de mi padre. En cuanto A la parte moral, hemos sido muy parecidos, y en lo físico también teníamos el mismo semblante, si bien él era un poco más bajo que yo.
INTEG. No dudo de que lo conocías, y también puedo fácilmente creer que hayáis sido parientes, porque tienes 1a misma palidez de rostro; eres bizco lo mismo que él, y tu habla es muy parecida á la suya.
FLACA-MENTE. Casi todos los que nos han conocido á ambos han dicho lo mismo; además, lo que he reparado en él lo he encontrado por lo general en mí mismo.
GAYO. Ten buen ánimo, amigo: bienvenido seas; esta a está á tu disposición, y puedes pedir lo que quieras; criados también estarán a tus órdenes para servirte de buena voluntad.
FLACA-MENTE. Esto es un favor inesperado, como cuando el sol deja ver su resplandor después de estar oculto tras de una espesa nube. ¿Acaso quería el gigante Mata-lo-bueno proporcionarme este favor, cuando me detuvo y llegó á dejarme continuar mi camino? ¿Quería, por ventura que después de robado viniese yo á casa de «Gayo mi huésped»? Pero así es.
Flaca-Mente y Gayo estaban así hablando, cuando en el momento vino uno á toda

prisa, y llamando á la puerta comunícales la noticia de que, á poca distancia de la casa un rayo había dejado cadáver en el acto á un peregrino llamado Equivocado.
—¡Ah, qué desgracia! exclamó Flaca-Mente. Me alzó hace uno cuantos días, y quería andar en mi compañía. Estaba también conmigo cuando el gigante Mata-lo-bueno me prendió; pero ligero de pies como era, huyó; según parece, se escapó para morir, mientras que á mi me aprisionaron para que viviese,
Estando todavía nuestros peregrinos en esta hospedería, se efectuó el concertado matrimonio entre Mateo y Misericordia. Gayo también dio su hija Febe á Jaime por esposa. Después de esto, quedáronse todos unos diez días más en aquella casa hospitalaria, pasando el tiempo de la manera habitual á los peregrinos.
Antes de marcharse, Gayo les obsequió con un suntuoso festín de despedida. Por fin llegó la hora de la partida, y queriendo Gran-Corazón satisfacer la cuenta al posadero, dióle éste á entender que en su casa no era costumbre que los viajeros pagasen su manutención; los tomaba á pupilaje, y esperaba recibir su paga del buen Samaritano, quien le había prometido que á su regreso le pagaría cuantos gastos le hubiesen ocasionado.
Amadodijo Gran Corazón, te portas con fidelidad en todo lo que haces con los hermanos, y particularmente con los peregrinos, que han dado testimonio de tu caridad en presencia de la Iglesia; á los cuales, si encaminares, según Dios, harás bien.
Gayo luego se despidió de ellos, de sus hijos, y con un cariño especial, de Flaca-Mente. A éste también prestóle auxilios para que se confortase durante el camino.
Este último, cuando salieron los demás, hizo como si se quedase; pero echándolo de ver Gran-Corazón, díjole: Ven con nosotros, señor Flaca-Mente; ven, que yo seré tu guía y te trataré como á los demás.
FLACA-MENTE. ¡Ay! Necesito un compañero de mi condición: vosotros todos sois fuertes y robustos; pero yo, como veis, soy débil; prefiero, pues, caminar detrás, no sea que por mis muchas debilidades llegue á seros gravoso á vosotros y á mí mismo. Digo que soy de un ánimo flaco y débil; y lo que otros pueden soportar bien á mí me fatiga y enerva. No me gusta reír; tengo aversión á los vestidos lucidos; todo asunto que no sea de provecho me disgusta. En verdad, tan débil soy, que lo que otros tienen libertad de hacer me escandaliza. Aún no conozco toda la verdad. Soy un cristiano muy ignorante; á veces, cuando oigo á otros gozarse en el Señor, me aflijo porque no puedo hacer lo mismo. Pasa conmigo como con un hombre flaco entre los fuertes, ó como un enfermo en medio de los sanos, ó como lámpara despreciada (aquel cuyos pies van á resbalar como una lámpara despreciada de aquel que está á sus anchuras), de manera que no sé qué hacer.
GRAN-COR. Pero, hermano, tengo encargo de «consolar a los de poco ánimo, y de soportar á los flacos». Es preciso que vengas con nosotros; ya acomodaremos nuestro paso al tuyo, te prestaremos nuestro auxilio; por amor a ti nos negaremos muchas cosas, así en opiniones como en la práctica; tampoco entraremos en discusiones delante de ti; nos haremos todo para ti, antes vernos obligados á dejarte atrás. Todo esto pasó estando á la misma puerta de Gayo, y mientras estaban en lo más vivo de su conversación, un tal Próximo-á-cojear, con sus muletas en sus manos, acertó pasar; también iba él en peregrinación.
Hombrele dijo Flaca-Mente, ¿qué te trae por aquí? precisamente me estaba quejando de no tener compañero, ni propia índole; pero tú vienes á pedir de boca; mil veces bienvenido, buen señor Próximo-á-cojear; espero que serviremos de recíproca ayuda.
PRÓXIMO-Á-COJEAR. Me alegraré de tu compañía; y por Flaca-Mente, antes que nos separemos, ya que tan felizmente nos hemos encontrado, te prestaré una de mis muletas. FLACA-MENTE. Gracias, aprecio en mucho tu buena voluntad; pero no estoy para cojear antes de que sea cojo. Con todo, podría serme útil en alguna ocasión para defenderme contra un perro.
PRÓX. Si yo o mis muletas podemos servirte en algo, estamos ambos á dos á tu disposición.

Y diciendo esto, se pusieron en camino.

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